default

Se inunda Panamá... ¿por qué?


En un día del año pasado, cayeron en un período de dieciocho horas más de 300 milímetros de agua sobre una zona este de la provincia de Panamá. Al día siguiente, un diario local tituló: Se inunda Panamá. Tras calificar a la lluvia de anormal, como siempre se hace cuando algo genera problemas, los funcionarios de entonces se ampararon en el pasado: Hace más de cuarenta años que no se adecua la red de desagües, bramaron, y se sacudieron la responsabilidad.

Han pasado varios meses y más de una docena de lluvias anormales similares y en las que ha vuelto a quedar graficado un chiste de dudoso, pero abrumador realismo que, quien desee derrocar al Gobierno que no venga con fusiles, sino con baldes de agua, sostuvo un comentarista y humorista de radio, alertado del hecho de que en muchas ocasiones cuando llueve, el país queda paralizado.

Y los funcionarios recuerdan que el diámetro de las alcantarillas no ha sido ensanchado en las últimas décadas. ¿Pero es sensato atribuir al grosor de un tubo el espantoso hecho de que cientos de miles de panameños quedan bajo agua viviendo a kilómetros de alguna orilla? ¿No fallará algo más? ¿Sólo agrandando las tuberías se cortará esta cruel secuencia? Quizá se deba pensar el país de manera más integral y no sólo lo que encierran las moles de concreto de Marbella, Punta Pacífica y demás sitios inundables de la ciudad capital. Quizá la solución sea más amplia y lo hidráulico -el grosor de los desagües- sea apenas un condimento.

Es correcto que la red de zanjas y desagües es antigua. Fue proyectada a mediados del siglo pasado y terminada treinta años después. Pero la lluvia que estaba en condiciones de descargar no es muy distinta de la que convulsiona a la ciudad en estos tiempos. Las tuberías subterráneas fueron diseñadas para contener lluvias de hasta 60 milímetros en 30 minutos. El gran tema -y por eso la necesidad de pensar más grande que una zanja- era que la ciudad, en ese entonces, podía absorber agua además de lanzarla hacia sus tuberías. Cuando se proyectó la red, la periferia urbana -allí de donde viene el grueso del agua que corre por los arroyos entubados- estaba poco edificada y su suelo absorbía el 80 por ciento de la lluvia que caía. En el centro de la ciudad capital –allí donde se encuentran construidas las mayores edificaciones-, el 40 por ciento del agua drenaba por la tierra.

En la actualidad, y en ambos casos, apenas el 5 por ciento de la lluvia es absorbida y acumulada como futura bebida de árboles, plantas y césped. El resto escurre por los pavimentos y, en su lógico e irredimible camino hacia la Bahía de Panamá, penetra por arroyos entubados. Y cuando estos se llenan, ingresa en casas, comercios, iglesias y, especialmente, barriadas marginales, siempre obstinadas en ocupar los sitios bajos, a donde la nunca vetada ley de gravedad lleva el agua. En ese término hidrológico, conocido como impermeabilidad, descansa buena parte de la explicación de por qué Panamá, que ya desde la época de la Colonia registra antecedentes de anegamientos serios, se inunda cada vez más que antes.

En los últimos cuarenta años, con las edificaciones carentes de cualquier sentido urbanístico, Panamá (la totalidad y no sólo la capital) ha quedado completamente pavimentada. Así no hay alcantarilla que aguante. La ciudad es una invención humana que es reinventada todos los días, a toda hora, por un gran número de decisiones e impulsos descoordinados y no sujetos a planes, normas y pautas oficiales. Una ciudad no es más grande porque tenga mayor número de habitantes, sino porque ese número sea tal que le permita vivir bien. Lo dijo, hace mucho indudablemente, Aristóteles. Faltó agregar que las grandes obras son aquellas que resuelven el problema de la gente, y no sólo las que permiten cortar cintas en el momento de su inauguración. Un drenaje más ancho, si está aislado del resto de las soluciones de fondo asociadas al fundamento ambiental de una ciudad, entra en la última categoría.

Empresario