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Seguir volando

Por: Redacción 27/03/2015

Sobrevolé los Alpes, hace años, en cabina. El comandante señaló a la ventanilla derecha y me dijo, “ese es el Mont Blanc”. Los Alpes dejaron de ser los de los dibujos animados de Heidi, que seguro todos trajimos a la memoria cuando saltó la noticia de que un avión de Germanwings se había estrellado en esa zona. Me enteré del accidente en el aeropuerto de Barajas, en mi oficina, y el día frío se nos congeló definitivamente en el corazón.

Los aeropuertos, lo sé por experiencia, son lugares fríos, patrias transitorias, un lugar común y efímero del que todos huimos con cierto miedo y desazón por que auguran despedidas y traen también reencuentros, son lugares paradójicos por el que no queremos pasar si no es necesario. Como los hospitales o las cárceles.

Las imágenes en la televisión, en todos los canales, tienen un mismo paisaje de fondo: Los Alpes. Hasta allí se desplazaron el presidente del Gobierno español, la canciller alemana y el presidente de la República francesa, los países que más pérdidas han sufrido a causa del accidente, aunque hay de otras nacionalidades. Las imágenes muestran un paraje inhóspito, carbonizado, ennegrecido como el luto que hace naufragar todas las ganas de mirar los cielos primaverales de Europa. Las niñas, las mías, preguntan qué pasa, qué le pasó al avión, ¿es uno de los tuyos, papá?

Los familiares se desplazan hacia el lugar de la tragedia. Todos los Gobiernos están volcados en su atención. No se descartan hipótesis, se fraguan otras y todos esperamos saber cuanto antes qué significa ese silencio de los pilotos, esos ocho minutos eternos e irreversibles que nos han cambiado la vida a todos, que nos han vuelto a enfrentar con lo efímero de nuestras existencias. Todos volamos, todos podemos ser ese vuelo, pero tenemos que seguir volando.

Ahora nos llegan las historias de los que cambiaron, por un sinfín de razones, su reserva. Un equipo de fútbol, una madre que vino a España a ver a su hija, un empresario que se enfermó… eludieron su encuentro con la muerte, lo pospusieron para la próxima aunque, ya se sabe, eso no lo decidimos aquí. Y llegan también las historias de personas que se sienten culpables por haber insistido, por haber querido volar para ver a la amada, por ir a comprar un carro que no era urgente, pero por qué no ir a verlo hoy, o la vuelta de un grupo de jóvenes de intercambio con otros de Cataluña, con ganas de regresar a casa y se abrazaron, sin saberlo, a la tragedia.

Vienen momentos intensos, la recuperación de los restos y su identificación, la entrega de enseres personales, las capillas ardientes. En por lo menos 150 hogares de distintas partes del mundo, la vida se detendrá para siempre el 24 de marzo. A los demás, por aquellos que ya no están, nos toca seguir volando, seguir acudiendo a los aeropuertos y abordar aviones que cruzan los Alpes, con sus cumbres nevadas, u océanos como el Atlántico, todo azul en los mapas, el agua y la sal que toca desafiar para pisar la tierra que nos parió. Seguir, volar, verbos que se conjugan hoy junto con llorar, sufrir, extrañar.

En pocos días me toca viajar a tierras gallegas, un vuelo breve desde Madrid. Toda la familia. Surgen las dudas, nos asaltan los temores. Nuestro corazón se acerca al de las familias y amigos de aquellos que ya no llegarán a su destino en Düsseldorf.

Pero hay que volar, plantarles cara a las alturas, tomar conciencia de que cada día es un buen día para ser mejor, para amar y perdonar. Volveremos a sentir el cosquilleo del despegue y confiamos, claro, que llegaremos, si Dios quiere, a nuestro destino. Pensaremos en los que no llegaron y nos sentiremos bendecidos por haberlo hecho. En España, se palpa la tristeza y nuestro corazón se encuentra disperso por los Alpes de Heidi, entre los escombros de aquel avión en el que todos, de una u otra forma, también volábamos.

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Viernes 31 de julio de 2026

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