Segunda Guerra Mundial
Iniciamos hoy algunos relatos sobre nuestras experiencias durante la Segunda Guerra Mundial, especialmente para los que no habían nacido aún.
En el año 1943 en medio de aquella conflagración, la embajada de Inglaterra en Panamá anunció que ofrecía dos becas para hacer estudios de post grado en universidades de allá. Era requisito apersonarse acompañado de una certificación de nuestra Universidad Nacional que era la única que existía entonces para acreditar qué título tenían los aspirantes.
El autor de esta columna, tras obtener dicho documento, concurrió a la embajada para manifestar su aspiración y entregarlo. Para entonces estábamos en plena juventud, con algo de experiencia de la vida y mucho de aventurero; edad en que se sabe y se puede lograr lo que se quiere, y lejos aún de la de cuando se quiere y no se puede.
El megalómano y sanguinario de Adolfo Hitler, quien había proclamado que establecería para el mundo su doctrina, el nazismo, para mil años, llevó la guerra a la población civil. Hizo bombardear la ciudad de Coventry donde las bombas lanzadas por la aviación alemana mataron una gran cantidad de inocentes civiles.
Luego, con el mismo procedimiento convirtió a Londres en una hoguera. Estimábamos entonces, con justa razón, que no hubiera inspirado mayor entusiasmo el ofrecimiento de la embajada porque la única beca que se otorgó fue la nuestra.
El día de nuestro viaje mientras avanzábamos en la fila para abordar el avión que nos llevaría primero a Nueva York, el secretario de la embajada británica quien había tenido la gentileza de ir a despedirnos, nos dijo a distancia: -Buen viaje, señor Márquez. Nos veremos en Londres. - Todas las miradas se volvieron hacia nuestra persona, pero muy compasivamente, como si fuéramos hacia un matadero.
