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Segunda Guerra Mundial El Bismarck


Este barco de guerra alemán no tuvo semejanza alguna con otro en la historia de la humanidad. Era una enorme montaña de acero con una poderosísima dotación, y tan efectiva, que él solo podría afrontar a otros dos al mismo tiempo y hundirlos. Era envidia para cualquier potencia y orgullo del almirantazgo de su país.

Inglaterra, que siempre ha contado con una magnífica flota de naves de guerra, tenía en la suya dos barcos muy queridos: El Hudson y el Repulse. No recuerdo exactamente en qué orden fueron hundidos ni por cuál barco cada uno de ellos, pero su pérdida constituyó un rudo y lamentable golpe para el país. Acto seguido, el almirantazgo inglés emitió una orden fulminante: Hundan el Bismarck.

Cuadrillas de aviones volaron entonces hacia las regiones del mar para localizarlo. Cuando al fin y al cabo lo ubicaron, se inició un feroz ataque aéreo contra el coloso. La acción fue, aunque sin tregua, demorada. Pero lo convirtieron en una hoguera y así, paulatinamente, lo fueron averiando. La tripulación alemana luchó corajuda y heroicamente para repeler los ataques, defenderlo y defenderse, pero todo fue inútil. El barco de guerra más poderoso del mundo, desapareció de la superficie del mar y para siempre.