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Segunda Guerra Mundial Reminiscencias


Al llegar a tierra tras un viaje de dos semanas aproximadamente, desde Nueva York, desembarcamos en Avenmouth, al norte de Inglaterra, desde donde nos trasladamos a Bristol, a las cuatro de la tarde, para tomar un tren que nos llevaría a Londres.

Aquel fue un viaje tan demorado como tedioso. Nuestro tren no corría, pues apenas caminaba. A veces se estacionaba para darle paso a hileras de vagones que iban repletos de soldados.

Me correspondió ocupar con 5 de los pasajeros ingleses una cabina. Al anochecer, un empleado del ferrocarril entró apresuradamente en ella a bajar las cortinas de las ventanas de vidrio diciéndonos que viajábamos bajo un inminente bombardeo por los alemanes. Quedamos sumidos en una total oscuridad. El silencio era general, y sabía uno que llevaba en el mismo lugar a cinco pasajeros por el movimiento del rojo encendido de la punta de los cigarrillos que fumaban todos ellos.

Al fin llegamos a Londres sin novedad. Eran las doce de la noche. Comprendí entonces que las tinieblas constituyen una gran protección de cualquier ciudad expuesta a incursiones de bombarderos nocturnos. Y recordé el celo con el cual don Manuel Roy, en su condición de Jefe de la Defensa Civil, iba todas las noches a La Cresta para constatar que la ciudad se mantenía a oscuras y las veces que lo acompañé.