Seguridad en Panamá, dichos y hechos
"Me quedé viendo la pantalla del televisor como espantado al escuchar al jefe policiaco inventarse de la nada un nuevo Al Capone y me dije: ¡Señor, ayúdanos por misericordia!".
El mundo evoluciona y las sociedades contemporáneas tienden a constituir nuevos retos para las agencias policiacas, por lo que han tenido que transformarse permanentemente ayudándose de ingenio, técnicas, avances científicos, estudios profundos de las malformaciones que afectan a las comunidades y cómo prevenir los brotes de insatisfacción que, a la postre, se traducen en los receptáculos de la delincuencia común y de la organizada.
En la otra esquina, los organismos represores en materia judicial son rebasados por leguas de distancia por el andamiaje de penetración que ostenta el poder económico que da la empresa criminal.
Unos y otros desfilan como atontados y sacudidos por las oleadas de actos delictivos que inundan los periódicos, televisión, radio y redes sociales, pero al tener a los responsables de alto perfil frente a frente reaccionan con apego a un instinto de preservación y las más de las veces por pertenecer a las filas de empleados previa y bien seleccionadamente pagados.
Puede sonar irreverente, irresponsable y hasta irrelevante a primera vista, sin embargo, al sumergirnos en las aguas pestilentes de la corrupción y el desvío de poder, nos encontramos con hechos, datos y cifras que conciliados demuestran que la transnacional con mejores ingresos en el orbe terráqueo es Delito, S.A. Nos guste o no, creamos o lo ignoremos, la realidad se muestra cruda, cruel y constante.
El hombre de la calle que enfrenta en su magnitud grotesca los dictados y las reglas con los cuales se manejan los barones que regentan este proyecto de dominación y no de suplantación del Estado a nivel mundial son los calificados peritos para responder cualesquiera cuestionamiento que tengamos por duda, por ciencia o por razón.
Nadie puede referirse mejor al dolor que quien lo sufre y en cada casa, avenida y sector social hemos de ubicar tanto a los que implementan como a quienes son las víctimas del crimen.
Dualidad asfixiante y estremecedora, a la cual se tiene que enfrentar la ciudadanía, por un lado es robada y por el otro, quien lo hace es protegido por el sistema. ¿Qué Constitución, ley o reglamento puede oponer la víctima al agresor, a qué juzgado acude, ante quién se queja, durante el iter criminis?
Obviamente a ninguno y es posible entenderlo, lo injusto es que una vez se produce el hecho, cualquiera fuera su naturaleza se tiene que soportar la burocracia, ineptitud y complicidad de quien supuestamente debe protegerlos. Ironía y descaro.
Por esto que escribo, y ante la ausencia de un plan de seguridad nacional coherentemente hilvanado, es que nuestros estrategas discurren su accionar y efectividad entre el retén, el soplo, el abuso y lo que Dios permita, y que conste que no hacemos referencia al Creador del Hombre, qué va, nos referimos al individuo que teniendo la responsabilidad de garantizar con su equipo el normal desarrollo de las actividades sociales, se ha permitido la insustentable tarea de buscar una sola explicación al drama y, como para llamarnos a risa, esta se sustenta en un solo vocablo, "percepción".
Por esto, si hubo 1,000 muertos en 2014 y este año ?dicen sus estadísticas? 990, tenemos que dar gracias y sentirnos extasiados por la eficacia de los organismos de seguridad, pues ha disminuido la tasa de homicidios, celebremos y hasta aplausos exigen.
Se me ocurrió que sería interesante y anecdótico irnos al más allá y preguntarles a los padres fallecidos qué se siente al saber que sus hijos se quedaron sin su protección y amor, pero que las cosas van mejorando y algún remoto día se tendrá concluido el esquema que permita que lo que pasó con ellos no suceda más.
Me imagino que quedarán muy complacidos, al final ya descansan en paz. Pero nosotros acá no podemos estarlo y menos cuando estos charlatanes se inventan delincuentes, prófugos y se pagan recompensas sin derecho alguno, solo para bajar la presión de la opinión pública.
Llevamos quince meses de dichos incumplidos y de hechos horrorosos que producen espanto, ha llegado el momento de gritar basta. Ahora.
Abogado