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Ser pobre en Montecarlo


Un exitoso empresario, de fortuna considerable, me decía que en Mónaco se había sentido pobre. No niego el valor de la ironía. Montecarlo es el Disney World de los adultos ricos. Esto viene a colación porque cuando se habla de pobreza siempre termino con la sensación de que el tema no ha sido debidamente agotado. Tal vez porque tanto la definición como la percepción de pobreza son tan escurridizas e inciertas como las del asombrado empresario, que desde el balcón del casino contemplaba la pequeñez de su fortuna, al ver pasar el largo desfile de yates ultra lujosos por la impresionante bahía que los Grimaldi poseen en la Costa Azul de Francia.

Panamá es uno de los países del área con peor distribución del ingreso. El 20% de la población posee el 50% del ingreso. Con el agravante de tener un alto nivel de desarrollo humano. Vale la pena recordar que el índice de Ginni sirve para cuantificar cualquier desigualdad, de modo que se aplica también al consumo de bienes, al acceso de salud, de educación o de agua potable. Hago la salvedad porque un país igualitario no siempre es un país socialmente justo, libre y soberano. Haití distribuye su pobreza por igual y Mónaco hace lo mismo con su extrema riqueza, pero en cierto modo ambos pudieran ser considerados como estados fallidos.

Yo creo que la percepción, individual y colectiva, va más allá de la estimación de la pobreza, para terminar por calificar la calidad de vida y de satisfacción social que la gente espera tener en una sociedad madura, forjada en la cultura de la participación, la libertad responsable, la igualdad de oportunidades y la justicia social. Satisfacción que no es la misma para un jefe o jefa de familia o para un joven que aspira a una educación excelente o la de un anciano cuyo bienestar depende del acceso oportuno a un eficiente sistema de salud. El próximo informe de PNUD a publicarse el 4 de noviembre de 2010, aplicará un nuevo índice de pobreza multidimensional o IPM, un poco más exacto y complicado, pues necesita estadísticas que no todos los países registran en forma sistemática y actualizada.

Más allá de la pobreza, debiera analizarse el grado de desarrollo genuino -independiente de factores externos- realizado por el país en las áreas más importantes. En otras palabras, que la población participe tanto del esfuerzo como de los beneficios obtenidos. Situación que pudiera revertir la constante desigualdad social que padecemos en Panamá, si los empresarios socialmente responsables admitieran la participación del trabajador en la ganancia de la empresa, así como estos participan en la producción. El gobierno debiera estimularlo bajando la carga impositiva en la misma proporción que la empresa aumente el empleo y el salario. Debo aceptar que el Estado, como todos los intermediarios y distribuidores o representantes exclusivos, se quedan con parte de las ganancias sin emplear un gramo de energía productiva, pues les basta con el contacto, el nombre, la firma y el sello. Para luego pasear por Montecarlo y bañarse de pobreza.