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Si yo fuera presidente

Por: Redacción 15/12/2015

Si yo fuera presidente, sería menos espectacular, menos despótico y menos arrogante que todos mis antecesores. Lucharía por ser humilde hasta el cansancio, casi al borde del colapso, y menos sensacionalista que todos los presidentes latinoamericanos.

Al punto de que mi sencillez le provocaría tanto a Raúl Castro como a Maduro, en cada encuentro, recordarme a mi "mamita" de forma despectiva. Construiría más puentes, no solo físicos, sino emocionales, para acortar distancias entre los corazones de las familias, que cada día son más superficiales, producto de la incursión de la tecnología y la ciencia en sus vidas. Procuraría más riquezas para los pobres o para los que no tienen nada.

Levantaría edificios de esperanzas más que de concreto. Inventaría nuevos recursos, y eliminaría algunos impuestos. Sembraría más árboles. Construiría más escuelas, más parques, más iglesias y limpiaría más ríos, al tiempo que alimentaría en las almas, más sueños, más esperanzas y más valores morales, esos que se pierden en medio de la confusión de lo que es bueno y lo que es malo. Si yo fuera presidente, dejaría correr al mar con libertad absoluta, no le pondría límites a sus corrientes. Tampoco le cortaría las alas a los jóvenes emprendedores, obligándolos a incursionar en los partidos políticos, a cambio de un empleo. Lucharía por la libertad del pensamiento, por lograr que la gente alcance sus metas, no importa su costo.

Eliminaría las cárceles, pero del corazón, aquellas que te dicen que no se puede, por la edad, por la falta de recursos o de alcurnia. Prohibiría la tristeza, los silencios cuando suceden cosas buenas, institucionalizaría los gritos de victoria cuando un hijo del país alcance la cima, en cualquier competencia. Eliminaría la política o en su defecto a los políticos. Esos que prometen y no cumplen; y si cumplen, lo hacen por beneficios oscuros, bajo la mesa. Si yo fuera presidente, castigaría a los corruptos con cadenas perpetuas, con su interminable silencio en las plazas y en los medios, con trabajos forzados. Suprimiría la delincuencia, el robo, a los delincuentes, a los policías de Tránsito, a los partidos políticos, a los diputados, e incluso, a los árbitros de fútbol.

Los ministros, los dirigentes sindicales y magisteriales sin sustancia, también se irían. Los empresarios corruptos, los deportistas sin alma de Patria, esos que solo defienden la camiseta por dinero, y los ateos, pasarían a la papelera del reciclaje. Si yo fuera presidente, eliminaría a los abogados sin escrúpulos, que venden cada día su alma al Diablo por la avaricia, y a los médicos que practiquen el aborto. Sacaría de circulación a los narcotraficantes, a la pobreza y a los saqueadores de las arcas públicas. No más de esos, serían una especie en extinción. Borraría de mi barra de herramientas, a los agiotistas, no importa su nacionalidad, los taxistas devotos del "no voy", los conductores del metrobús, las inundaciones, las lloronas en los velorios, la gente necesita reír más. Suprimiría la ignorancia en las universidades, a las autoridades eternas.

Eliminaría los vientos huracanados, el militarismo solapado, los terremotos y los accidentes de tránsito, igual que los baratillos, la comida chatarra y carísima. Estoy convencido de que, luego de enunciar todo lo que haría de llegar a ser presidente, lo más probable es que nadie apoye mi candidatura, ni siquiera mis amigos. Nos hemos acostumbrado a vivir en un país herido, fraccionado, donde lo bueno es considerado como malo y lo malo como bueno. En solo cinco días confirmé que no es fácil ser presidente en ningún país de Latinoamérica, y menos, si eres honrado, pobre y apolítico. Sin llegar al Palacio de las Garzas, ya me siento sucio. Por el momento seguiré siendo periodista, que es lo que me gusta y no me exige una cuenta de ahorros de al menos seis cifras. Una profesión, que no limita mi libertad de movimiento ni de pensamiento y que no expone mi intimidad, y cada una de mis acciones, al severo escrutinio público.

Sin duda alguna, mi incipiente "campaña política" ha sido sin discusión, la más corta de la historia, de cualquier candidato presidencial. Gracias a Dios que no vendí mi alma al poder ni a las riquezas, ni prometí puentes donde no había ríos, sino mis electores me lo reclamarían, aunque llegara en el último lugar, detrás de la ambulancia. Necesitamos un candidato presidencial. Que alguien se sume ante mi ausencia, ante mi repentina e intempestiva renuncia. Estoy seguro de que en algún lugar del tiempo y el espacio, encontraremos un candidato a prueba de fuego, con la suficiente integridad para gobernar este país. Con el valor necesario para acabar con la corrupción y los políticos corruptos, esos que solo llegan al puesto para enriquecerse a costa de los sacrificios del pueblo, de los que nada tienen, o tienen poco, para sobrevivir en esta jungla de cemento, que llamamos vida. ¡Dios salve al rey!

Periodista

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