Sin opción
El sistema penitenciario necesita un golpe de timón con urgencia. La ola de criminalidad crece a un ritmo tan rápido como la economía, y las cárceles solo sirven para refugiar a delincuentes.
Entran como criminales y salen especializados en delincuencia de alto perfil. Un recluso que permanece 24 horas rodeado de delincuentes reincidentes con homicidios y robos a sus espaldas no tiene más opción que escuchar y aprender.
Aunque sería injusto meter a todos en esa misma bolsa, es triste decir que la mayor parte de la población penitenciaria no tiene más opción que volver a delinquir.
Cuando las autoridades reconocen las debilidades del sistema, llama la atención que, además del factor seguridad que rodea a las cárceles, siempre sale a relucir la corrupción de custodios.
En los penales se puede comprar de todo, desde cigarrillos hasta armas de fuego. Esto solo sucede con la complicidad de policías y custodios que acceden a introducir productos ilegales y letales.
Las tentaciones son grandes cuando se tienen salarios bajos y las condiciones son hostiles.
Los planes de reinserción son limitados. Algunas entidades apuestan a que detenidos piensen en cambiar la delincuencia por un trabajo honesto.
Crear programas en los que los reclusos puedan aprender oficios alejados del mundo criminal es beneficioso para todos. Cambiar el escenario permite darle tranquilidad a los panameños. Las estadísticas de menores infractores siguen creciendo y eso es preocupante.
Niños de 12, 13 y 14 años cometiendo delitos graves sin opciones de rehabilitación en los centros del Estado. En unos años, ellos estarán involucrados en delitos más graves y solo subirán en la escala criminal. Su final seguro es la muerte si no hay una acción a corto plazo.
