¿Singapur o Londres?
La economía global asiste en la coyuntura a una desaceleración correlacionada de las economías de los países avanzados. Al secular estancamiento japonés, agravado por el reciente desastre natural, se suma el hecho de que la economía norteamericana solo logró crecer en 1.0% el primer semestre de este año, mientras que la británica lo hizo en apenas 0.2% y la alemana en 0.1%.
La gravedad de esta situación se evidencia si se tiene en cuenta que el conjunto de las llamadas economías avanzadas representan cerca del 49.2% del total de PIB mundial medido en términos del poder partidario de compra.
En términos del impacto de todo esto sobre los países de economía abierta, quienes dependen de sus posibilidades de exportación, conviene agregar que el conjunto de los países del llamado G-7, que incluye a los países más poderosos del planeta, representan por si solo el 40.1% de las importaciones mundiales, cifra que se eleva hasta el 66.8% si se incluye al conjunto de los países de la OCED.
Dado que algunos argumentan que China junto a otros países emergentes pueden salvar la situación convirtiéndose en los motores globales del crecimiento, es útil destacar las recientes y certeras reflexiones de Michael Spence, quien compartió en el 2001 el premio Nobel de Economía con Stiglitz y Akerlof. En esas reflexiones, teniendo en cuenta el carácter exportador del modelo chino, Spence ha llamado la atención sobre el hecho de que la desaceleración de los países avanzados tendrá como resultado necesario la disminución de la tasa de crecimiento de la República Popular de China. Más aún, teniendo en mente las proporciones antes señaladas, ha concluido que los llamados países emergentes no pueden por sí solos contrarrestar la muy significativa caída de la demanda global proveniente de los países avanzados. Se podría pensar que frente a estos eventos China podría convertirse en un país centrado en su demanda interna, es decir autocentrado, que irradiaría su crecimiento hacia el mundo por medio de sus importaciones. Esto, sin embargo, parece relativamente difícil. En primer lugar, por que esta reconversión solo podría tomar la forma de un proceso que no puede entenderse como instantáneo. En segundo lugar, por que la elite económica dominante de ese país, nacida de la acumulación originaría, la que como ha mostrado Minqui Li, está claramente asociada a la elite en el poder político, difícilmente esté dispuesta a aceptar la redistribución del ingreso a favor de los asalariados que implicaría este cambio de modelo.
Frente a esta situación las autoridades locales, haciendo gala de su incapacidad, siguen apostando a una política de crecimiento basada casi exclusivamente en las exportaciones, el endeudamiento externo y la represión salarial, la que supuestamente nos llevaría a vernos como Singapur. Lo cierto es que estamos frente a una realidad tal que, quitándole la proverbial autosuficiencia de los conservadores británicos a las recientes conclusiones de The Economist, nos podría llevar a entornos difíciles, que lastimosamente pueden llegar hasta situaciones parecidas a los recientes problemas londinenses, principalmente si no corregimos las desigualdades sociales.