Siria, sin salida
Bachar Al Assad reiteró que se niega a renunciar en forma pacífica en recientes declaraciones difundidas por agencias de noticias. En términos de política real, esto representa que el dictador proseguirá sin tregua la profundización de la guerra civil, con saldo de 70 mil muertos y un millón y medio de fugitivos que viven precariamente en la frontera con Turquía. La comunidad internacional ha tratado de llegar a una salida de consenso: la ONU envió al exsecretario general Kofi Annan a Damasco, con la misión de dialogar con el dictador y detener el baño de sangre.
En el Consejo de Seguridad no hay posibilidad de consenso. Rusia vende armamento pesado al gobierno represor y obstruye posibilidades de acuerdos. China ve con malos ojos una intervención armada que oficializaría la intervención de gobiernos extranjeros en sus asuntos internos, como violaciones a los derechos humanos. Después de los resultados discutibles en Irak y Afganistán, el gobierno de Barack Obama no quiere hundirse en intervenciones que demandan gastos onerosos en el contexto de ajustes presupuestales.
Pero mientras la diplomacia internacional oscila entre el fracaso del diálogo y los contrapuestos intereses de los miembros del Consejo de Seguridad, Siria sigue desgarrándose en una lucha fratricida en la que el régimen intenta aplastar la insurrección de un pueblo hastiado por los excesos de una dinastía totalitaria, nepótica y corrupta. Los choques fronterizos con Turquía e Israel podrían en cualquier momento desatar acciones militares caracterizadas como un conflicto internacional. Los conocidos nexos de Siria con la organización terrorista libanesa Hezbolá se traducen en un corredor de alimentación bélica, tanto para desestructurar el estatus democrático del Líbano, como para reforzar el partido palestino Hamas en ataques continuos contra poblaciones fronterizas de Israel.
Siria está activamente conectada con Irán, en alianzas que pueden derivar en acuerdos subterráneos de aprovisionamiento de misiles nucleares contra Israel y países occidentales. El complicado ajedrez geopolítico del Medio Oriente podría resolverse con la intensificación de la lucha de los rebeldes contra la vigencia del régimen de Bachar Al Assad y su familia, con la franca ayuda de Estados Unidos, Francia, Italia, Israel. No es deseable que el gobernante sirio concluya como Mohamar Gadafi o huyendo al exterior, sin rendir cuentas a la justicia.
Bachar Al Assad afirma que no dialoga con terroristas; así califica a los rebeldes. Pero tampoco se abre al diálogo diplomático. Su opción es continuar reprimiendo a los rebeldes con apoyo armado de Rusia e Irán. Un esquema que día a día se complica y amplía con la reproducción de la división hostil de la Guerra Fría entre Rusia y Estados Unidos, ahora extendido a Irán e Israel.
El asunto estriba en quién le pone el cascabel al gato, sobre todo, cuando la factura del conflicto la están pagando sirios encerrados entre dos fuegos. La indiferencia de la comunidad de las grandes potencias por la suerte de los sirios diezmados por bombardeos de aviones de combate y por el estallido de coches bombas pone en salmuera la vigencia real de la Declaración de los Derechos Humanos aprobada por la ONU.