Sistema judicial y escándalos: el que las usa, las imagina
Siempre he sostenido que el día en que deje de creer en el sistema de justicia, a pesar de sus falencias y debilidades, ese mismo día renunciaré al ejercicio del derecho, profesión a la que le he dedicado los mejores años de mi vida y por casi treinta años.
En razón de lo anterior, quiero referirme a las reiteradas declaraciones de un juez y que han sido dadas a conocer a través de todos los medios de comunicación social.
Empiezo por señalar que todos, abogados y jueces, la sociedad civil, conjuntamente, debemos cerrar filas para impedir que el narcotráfico y otras formas delictuales se tomen no pocos despachos de juzgados penales.
Formulo algunas interrogantes: 1. ¿Qué es lo que impulsa a un juzgador, tras su renuncia, a despotricar de quienes fueron sus superiores? 2. ¿Acaso no es normal y regular que los superiores llamen a sus subalternos y los orienten en situaciones que puedan implicar un peligro para la correcta administración de justicia o que, de modo eventual, entrañen reveses para la alta alcurnia que debe distinguir al Órgano Judicial y sin que ello implique o pueda implicar intromisión alguna en la independencia de los jueces y magistrados o que, por otra parte, se vea torcida toda posibilidad de autonomía y objetividad de criterios jurídicos al momento de proferir los fallos? 3. ¿Se disponen de las pruebas de lo que se dice o sostiene pudo haber ocurrido? y si se tienen, ¿por qué no se han presentado? 4. ¿Se excluye la intervención de la mano política detrás de todo ese cúmulo de acusaciones o denuncias que se vienen formulando en contra del Órgano Judicial? 5. ¿Habrá alguna coincidencia que en tiempos electorales, torrenciales tiempos electorales, ahora surjan este tipo de denuncias que, más que endilgarse o atribuirse a jueces y magistrados, el ataque frontal va dirigido en contra del primer magistrado de esta nación, es decir, al presidente de la República? 6. ¿Por qué se viene haciendo tanto énfasis, ante las denuncias, a la figura del Ejecutivo? 7. ¿Por qué, en su momento, el juzgador no presentó sus denuncias, sino que lo hace cierto tiempo después y según se ha visto, primero se libera a narcotraficantes? 8. ¿Por qué no se mantuvo en el cargo y, ante la supuesta veracidad de sus acusaciones, hizo valer el derecho y pelear hasta las últimas consecuencias? 9. ¿Había sido o no sujeto de presiones anteriormente? 10. ¿Cuáles son las reales motivaciones que empujaron al juez a su renuncia?
En verdad que lo denunciado nos obliga a hacer lecturas diversas, entre ellas qué es lo que realmente está aconteciendo con algunos jueces penales que vienen profiriendo fallos o decisiones que terminan favoreciendo a sujetos que, de una u otra manera, directa o indirectamente, se relacionan con delitos relativos a las drogas, blanqueo de capitales, etc.
Con qué facilismo, con argumentos pseudojurídicos, se les viabiliza la concesión de beneficios y subrogados penales, como es el caso reciente de un juez que ordenó la libertad de alguien acusado de narcotráfico mediando un recurso de apelación. Y no que una persona, de modo ilegal e injusto, sumariada o procesada por delitos relacionados con drogas, no tenga derecho a esos beneficios y subrogados, claro que sí, si efectivamente son inocentes o ajenos al cargo, pero es muy cuestionable que algunos jueces terminen muy acomodados y con cuentas bancarias insospechadas que se hallan engrosadas por grandes depósitos y que usan a interpuestas personas para enmascarar sus fortunas aviesas.
Bien preguntó un connotado periodista de nuestro medio, en televisión, en programa matutino: y en contra de tal o cual magistrado, durante todos sus años de ejercicio de la magistratura, ¿cuántas denuncias ha tenido? La respuesta del interlocutor que arremetía en contra de los denunciados fue, a poco el silencio y la evasiva en no poder señalar siquiera una denuncia o queja. Bien decía Kant al expresar que “Hombre conoce ley, ley conoce al hombre”.
Dicho en otras palabras, recordando la encíclica Veritatis Splendor, es necesario tener en cuenta dos dimensiones inseparables de la ley moral: a. La dimensión trascendente: “la ley moral proviene de Dios y en Él tiene siempre su origen” (es, por tanto, una participación de la ley eterna, que no es otra cosa que la misma sabiduría del Creador y Legislador divino), y b. La dimensión inmanente: “en virtud de la razón natural, que deriva de la sabiduría divina, la ley moral es, al mismo tiempo, la ley propia del hombre”.
Conocemos a los hombres en la medida en que conocemos sus acciones. Por sus actos los conoceréis. No puede ser cierto que se le atribuyan a un hombre expresiones, frases, alocuciones que no son propios de su hablar ni de su modo natural de ser y a quienes han consagrado toda su vida al servicio de la justicia en este país. Que se le atribuyan actos, acciones u omisiones a una persona que funge como magistrado de la nación y de quien, todos sabemos, que se está describiendo a otra persona, menos a quien se le hace destinatario y ser autor de tal o cual frase, diálogo o expresión.
La madeja de hechos ha puesto de manifiesto que las acusaciones formuladas distan mucho de realidades que, hasta el momento, tan solo nos indican que “algo podrido huele en Dinamarca”, ¿pero cuál Dinamarca? Amanecerá y lo veremos.