Sobre el libre mercado de las ideas y opiniones
El 10 de noviembre de 1919, el magistrado de la Corte Suprema de Justicia de Estados Unidos, Oliver W. Holmes Jr. (Abrams v. United States, 250 U.S. 616, 1919), dictó un precedente histórico mediante el cual se establecía que la mejor instancia para comprobar la veracidad de una idea es sometiéndola a la rigurosidad y aceptación del mercado, en una franca competencia con otras ideas que no necesariamente sean afines. De allí surge entonces el principio básico y pilar que sostiene hoy en día la libertad de expresión, en términos constitucionales, en Estados Unidos de América.
Resulta, pues, lógico pensar que mientras más ideas naveguen por ese “mercado”, podrá el consumidor detenerse a elegir en forma libre aquellas ideas o expresiones que más apelen a su propio gusto, en forma tan sencilla como si eligiera un alimento. Cualquier otra forma de imperio de la idea, sería una intromisión franca en la vida de los individuos.
De allí que la libertad de expresión sea pariente muy cercana de la tolerancia en sociedad. A nadie se le debe imponer una forma exacta de pensar, sino que debemos confiar en que el criterio propio, ya bien formado claro está, llevará al consumidor de una idea a la mejor elección para sí mismo y hasta para los demás.
La imposición de credos, de ideologías y hasta de patrones rígidos de moralidad, traen, a mi juicio, una sola consecuencia: la falta de afinidad y la falta de aprendizaje; como si fuera un alimento que no nutre a aquel que lo consume.
Por ello, se debe permitir que todo credo, opinión, idea o pensamiento, se someta libremente a ese mar en que otras formas de expresión navegan también, sin tratar de encallarlas a la fuerza o luchar contra unas y otras. Solo aquellos navíos de opiniones que, con el tiempo, lleguen al puerto seguro que cada individuo decida en su propia persona habrá, pues, cumplido así su expresión y su destino.
Una idea, un credo, una expresión cualquiera podría resultar aberrante y ofensiva para algunos y edificante o prometedora para otros. Si una opinión pudiera tildarse de vulgar en términos culturales, seguiría siendo aún solo eso; es decir, una expresión del ser humano y como tal debe tratarse, aun cuando en lo personal no se asimile.
Si tal opinión resulta lesiva para la dignidad de cualquiera, quedará pues la vía para que la persona que se estime ofendida promueva las acciones legales del caso; sin embargo, no dejará por eso de ser una idea más que circula en ese enorme torrente de información que hoy en día prevalece.
Comprender, pues, que las opiniones ajenas son expresiones libres de los seres humanos, nos llama al respeto por la libertad de expresión, como parte de las instituciones sagradas sobre las que descansa cualquier democracia.
Impedir ese libre flujo de ideas, coartarlas o entrometerse en la forma de pensar de cada individuo constituye una ofensa de las más aberrantes para cualquier ciudadano pensante y forja el camino para el retroceso hacia formas primitivas de gobernar, en las que la ley del garrote y la opresión sustituían el Derecho y las normas; constituye, pues, una franca involución como seres humanos.
Por ello, debemos avalar hoy más que nunca el libre mercado de las ideas, para que a través de sus fuerzas naufrague por sí todo aquel pensamiento que pudiera dañar los seres humanos y prospere, por su propia fuerza, la semilla pensante que edifica y hace crecer al hombre. Allí donde no prevalezca la libertad de expresión, la circulación libre de ideas, encontraremos el charco empozado de la opresión y de la tiranía.
Abogado