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Sobre el miedo natural y el miedo artificial en la vida moderna

Por: Redacción 24/07/2017

El miedo, cuando es natural, tiene su asiento en el cerebro y su razón de ser en ese pasado tan remoto de la humanidad que la historia no recuerda ya; en aquel pasado en que la corteza cerebral del hombre tenía un apego natural a los instintos y que la supervivencia gobernaba toda actividad. La edad oscura en la que no sabían si el sueño era vigilia o la vigilia sueño. El miedo se delega así, como una herencia muy primaria, al ser humano, que lo ha seguido cultivando, a veces sin control y sin un freno. Como tal, es más bien químico, impulsivo y es brutal. Cuando encuentra afinidad con aquello que amenaza de verdad, tiene entonces una base que es real y es la respuesta a alguna causa que genera riesgo; pero cuando ese miedo viene más bien generado por el propio pensamiento del hombre, por los mil demonios y torturas que su fantasía le hace, entonces rompe con su origen natural, se hace fruto de una exploración innecesaria hacia un futuro que no ha llegado aún y que, tal vez, no llegue nunca.

Tomemos, por ejemplo, el miedo de morir. Cuánto debe haber sufrido aquel que, próximo a esperar fusilamiento, vive y revive allí en su mente lo que inevitablemente ha de venir; ¿cuántas veces, pues, ha muerto? La bala aquella que lo hace transitar es, probablemente, menos dolorosa que aquella que hora tras hora imaginó su mente contagiada por el miedo. Todo aquello que nos imaginamos a futuro en forma temerosa, todo aquella sombra así tejida por la rueca de la mente, anticipada en esos vuelos que pretenden adelantarse hacia los tiempos, causan en el ser humano el mismo fruto que ha sembrado. El miedo ya no se origina, entonces, en respuesta a una amenaza real, sino más bien a un escenario que ha creado aquella víctima que sufre anticipadamente. No obstante, pese a que no tiene el miedo un mismo origen, sí tendrá reacción equitativa igual, sea cerebral o de la mente: palpitaciones, trastornos de respiración, pupilas dilatadas y sudoración. No hace falta alguna torturarse así. Baste remontarse a las palabras de ese gran maestro que será de ayer, de hoy, mañana y siempre: “no tengas ansiedad por el mañana, que el mañana traerá su propio afán”. En otras palabras, ocúpate del hoy, de los temores naturales de ese hoy, de las ansiedades de hoy, de los problemas del hoy; pero no de las sombras de un mañana que se ha creado en medio de la propia mente que es su autora. Más fácil ha de ser la vida que se vive así, midiéndose de manera valerosa con los retos de ese hoy, de ese momento que no marcha hacia ninguna parte, porque es todo. Hacer, pues, lo mejor, ocuparse de todo aquello que nos corresponde, prepararnos bien, durante la cosecha, para un invierno inhóspito que tal vez ha de venir; pero hecho eso, no vivir jamás el frío invierno antes de tiempo, eso se le deja a Dios, habiendo responsablemente procurado solo aquello que a nosotros, como hombres, nos podría corresponder.

Abogado

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