default

Sobre el poder público

Por: Redacción 12/09/2016

Nuestra primera Constitución, de 1904, establecía en su Artículo 2do, “la soberanía reside en la Nación, quien la ejerce por medio de sus representantes (…)”

Entendiendo que nuestro pueblo se había convertido ya en nación, los constituyentes de ese entonces sabiamente consignaron esa promesa escrita en piedra para las generaciones venideras. Un promesa que reclama todo pueblo libre, civilizado y democrático.

Hoy, a más de un siglo ya de haberse firmado esa promesa, nuestra nación ha olvidado que el poder público solo emana del pueblo y que quienes lo ejercen son solo los huéspedes transitorios de un poder que no les pertenece. Hemos olvidado, como nación, que ningún cargo ni investidura supera aquel que nuestro propio nacimiento nos concede como ciudadanos.

Hemos olvidado, como nación, que solo debemos obediencia a las autoridades que ejercen ese poder público conforme la propia Constitución lo establece; que las autoridades son y serán siempre un accidente de nuestro propio voto y que su papel primordial y más preciado es proteger en su vida, honra y bienes a los nacionales, indistintamente y sin preferencia alguna.

Luego de más de un siglo de haberse consignado esa promesa, de legitimidad condicionada al ejercicio responsable del poder público, seguimos, como nación, inclinando la rodilla ante investiduras pasajeras, dando demasiada importancia a quienes deberían constituirse solamente en administradores de un poder que no les pertenece o siendo permisivos en cuanto a una discrecionalidad que no les corresponde. Como nación, hemos caído en una inercia brutal que solo se interrumpe por quinquenios con el voto, como lo que parece ser la única manifestación visible de un poder que solo se delega. En la urna queda replegada también la conciencia nacional, dejando el rumbo del Estado por completo en manos de quienes elegimos.

Sobre nuestras realidades

No nos llamemos al engaño por los índices e indicadores económicos que circulan sin apego a nuestra realidad. Mientras haya un solo hueco sin tapar por meses en nuestras vialidades públicas; alcantarillas sin su tapa; basura por las calles; templos de cultura - como el Teatro Nacional - dejados al olvido; lotes baldíos cubiertos de maleza; gallotes revoloteando la ciudad como palomas; vertederos de basura que alimentan y promueven cinturones de pobreza; despojos de animales atropellados en la Interamericana y olvidados a la vista del turista y deleite de los carroñeros; desagües públicos sin buen drenaje; poblaciones aisladas por carencias significativas; y, sobre todo, mientras la educación pública sea de un curso ineficiente, vivimos todos dentro de una nación empobrecida. Fijemos esta realidad en nuestra mente ciudadana antes de dar un paso más como nación. La austeridad debería ser, siempre y en todo momento, el faro que conduce la administración pública, para que sea cónsona con esas realidades de toda una nación y busque, sobre todo, la mejor distribución de las riquezas.

Sobre el apego a cargos públicos

Bien lo expresaba en su momento un manifiesto de Acción Comunal cuando decía que la participación en la política remunerada lleva a algunos a enquistarse en cargos públicos “como el ostión a la roca”. Hoy tenemos vivos especímenes longevos de ese género y naturaleza. Pero en cada mal se encuentra el eco de su solución: para cada ostión, habrá un martillo y un cincel.

Abogado 

Edición Impresa

Jueves 23 de julio de 2026