Sobre el problema de la educación sexual
En atención al clamor popular de rechazo y de condena por actos bochornosos que se han dado últimamente con la participación lamentable de menores de edad (alumnas de educación media) en actos libidinosos con hombres adultos y hasta con profesores, nos mueve a hacer algunos señalamientos de carácter docente, como una contribución al esclarecimiento del problema planteado, que preocupa a toda la comunidad nacional.
En primer lugar, hemos de señalar que íntimamente vinculado al tema del amor está el de la sexualidad. ¡Y precisamente, es la materia en que abundan los errores, las distorsiones, las aberraciones más increíbles, una verdadera animalidad!
El primer error muy común en personas medianamente formadas es el de confundir la sexualidad con la genitalidad. Mientras esta tiene un sentido puramente biológico y está determinada por el conjunto de órganos dispuestos para la reproducción humana que forma el aparato genital (de ahí su nombre), la sexualidad es un “atributo esencial de la persona que determina su capacidad de relación con quienes lo rodean y con quienes integran la comunidad”.
La confusión entre los dos conceptos expresados (sexualidad y genitalidad) ha dado origen a lo que, con razón, se denomina concepción biologista, que enfoca la realidad del sexo desde un ángulo exclusivamente anatómico y fisiológico, vinculada nada más al proceso de reproducción.
De esa concepción biológica se ha derivado fácilmente una concepción erótica. Ella pone de relieve única y exclusivamente la capacidad de goce erótico o de placer físico que el sexo tiene, justificando, por consiguiente, la relación sexual que no se encamina a la transmisión de la vida, a la expresión más plena del amor. Como extremo opuesto surgió la concepción moralista que “tiende a limitar la sexualidad a una necesidad de mantención de la especie, desvinculándola de la realidad y definiéndola entre las limitaciones propias de la contingencia humana”. De esa concepción “angelical”, que mira el sexo como un mal necesario, se deriva el hecho de haber sido considerado como tabú, posición falsa y absurda que ha llegado a estimar la realidad sexual como algo obsceno, inmoral, malicioso.
Frente a esas tres concepciones igualmente falsas, surge hoy la única concepción aceptada, llamada antropológica, que ve la sexualidad como una realidad totalizadora, íntimamente vinculada a toda la persona humana y, por lo mismo, integrada en los diversos planos en que debe considerársela: biológico, psicológico, ético y hasta religioso. He ahí la necesidad de que sobre la concepción antropológica de la sexualidad se proporcione adecuada educación. En consecuencia, consideramos fundamentales los puntos siguientes para una genuina educación sexual:
1.- Dar al niño y la niña, desde pequeños, por sus padres, en especial por su madre, en el requerimiento de que ambos tengan clara visión acerca del sexo, su dignidad y sus funciones.
2.- La educación sexual necesita más que ninguna otra forma de educar, la ejemplaridad intachable en su conducta de quienes tienen la obligación y responsabilidad de impartirla.
3.- Tanto en los hogares como en las escuelas y colegios, la educación sexual ha de darse con naturalidad (no con naturalismo), con criterio abierto y sano, con delicadeza y con respeto. Si se observa la naturalidad requerida, la educación sexual contribuirá a destruir esos “tabúes” sin fundamento a que nos hemos referido.
Por su parte, el respeto y la delicadeza necesarios aportarán una verdadera orientación ante la vida y una sólida formación para la futura misión de esposos y de padres de familia.
Sinceramente, creemos que una educación sexual inspirada en tales principios puede defender a nuestra sociedad y, en especial, a niños, niñas y jóvenes, de esa avalancha de erotización comercializada que nos invade, quizás como consecuencia de no haber sabido afrontar (padres, educadores, autoridades) el grave deber de preocuparse de este aspecto decisivo en la vida del hombre y la mujer.
Por supuesto, que corresponde al Meduca, tomando en cuenta las consideraciones esbozadas, fundamentar las bases de un programa bien elaborado, consensuado (con padres de familia, especialistas y autoridades competentes), a fin de que resulte en la práctica de la enseñanza, una materia importante y de resultados positivos en todos los niveles.