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Sobre el voto por aclamación en las convenciones políticas


El voto libre, universal, directo y secreto ha venido a constituir una de las conquistas más grandes del hombre sobre la tiranía del poder. En los sistemas genuinamente democráticos, debe entenderse que el voto es el medio más íntimo por el cual el hombre expresa su opinión sin ser castigado, y su íntima conciencia debe siempre dictar y servir de guía para su emisión. Desde todo punto de vista, resulta inmoral exigir a un hombre que vuelque el contenido privado de su propia conciencia para que intereses creados hagan en ella un festín. Es igual, o peor tal vez, que exigir a un hombre la proclamación, a viva voz, de su confesión más íntima ante una muchedumbre, en vez de susurrarla en la privacidad de un confesorio. Nadie debe ser obligado, en forma alguna, a expresar su preferencia por medio de los votos por aclamación. Gravita sobre esta práctica el olor nocivo de la injusticia y el atropello contra el ser mismo, contra la individualidad de cada hombre, igual que cuando el hierro del ferrete cae enrojecido sobre el cuero y levanta un humo doloroso que lo quema. Así mismo, este tipo de imposiciones queman y enardecen la conciencia más íntima del hombre, que sabe que, muchas veces, fue la fuerza brutal de la necesidad la que lo lleva por ese camino errado, pero que en su fuero íntimo sospecha el eco de un grito que lo juzga y no lo deja descansar.

Estas prácticas del voto por aclamación en temas partidistas parecen llevarnos a tiempos muy remotos de la historia humanidad que, avergonzada aún, los utiliza sólo como ejemplo aleccionador. Tiempos en los que la vida del hombre se pesaba en una balanza y al mejor precio. Tanto se ha luchado por las conquistas democráticas que buscan la liberación del hombre de las cadenas de cualquier opresión política. La vergüenza nos embarga más aún cuando este tipo de prácticas se dan colectivos políticos que han servido de faro en los momentos más oscuros de nuestra nación. ¿Para qué sirve al hombre una luz que se pinta de negro? ¿Qué propósito presta una antorcha que se apaga en medio de la oscuridad?

El ejemplo vivificador es la forma más vital para enseñar a los demás. No puede un partido pretender impartir principios democráticos a su membresía, si su mecánica electoral se encuentra viciada por la práctica del voto por aclamación. Lo que se aprende en casa, es lo que guía la conducta del hombre cuando no está en ella. Igualmente, lo que los dirigentes aprenden entre su familia partidista es, usualmente, lo que harán cuando les toque gobernar.

Todo hombre puede errar en su camino; pero, consciente de que ha tomado una vía incorrecta, sólo a él le tocará la responsabilidad de regresar sobre sus pasos. Asimismo, esperamos no ver este tipo de prácticas nunca más, y menos aún en aquellos colectivos que debían impartir democracia en todas sus manifestaciones. El pueblo calla y observa. Dentro de la conciencia colectiva los ejemplos de cinismo van cayendo poco a poco en un saco que termina por romper. La paciencia del hombre atropellado por el uso indebido del poder político termina siempre por agotarse, tarde o temprano.

Pensemos que la práctica del voto por aclamación, en oposición al secreto, ha sido simplemente un error incauto; pensemos que aquellos que imponen esa vía dentro de los partidos encontrarán también la forma de buscar un camino que los lleve nuevamente a las bases, que no aceptarán esa forma de atropello a la conciencia. Se dice que nunca es más negra la noche que cuando va a amanecer.