Sobre la democracia interna en los partidos políticos
El artículo 19 de la Constitución de 1904, abolió la esclavitud al establecer que no habría esclavos en Panamá y, lo que es más, que cualquier hombre sujeto a esclavitud que pisara nuestra tierra patria, quedaría libre por mandato constitucional. Desde entonces, los panameños hemos rendido culto a las garantías individuales y, en aquellos oscuros momentos de la historia en los que la democracia se vio amenazada, un pueblo unido se liberó finalmente de las cadenas de la tiranía. Y es que en cada individuo que nace en este país se cumple la promesa bellamente proclamada por nuestra primera constitución republicana. El hombre que pise esta tierra será libre. Esa libertad se expresa en nuestra forma de gobierno republicana, democrática y representativa. Aquellos que ejercen el poder público lo hacen solamente en función de un ejercicio delegado, como mandatarios de una voluntad soberana. Nuestra nación nace del principio democrático, sagrado y universal de un gobierno del pueblo, para el pueblo y por el pueblo. Hoy llevamos en nosotros, ya como individuos, la obligación y el deber de defender ese principio básico de que el hombre solo delega en sus representantes el poder, pero que no le corresponde y está más allá de su voluntad, alienarlo o venderlo en forma alguna.
Los partidos políticos, como escuelas de esos principios democráticos, no solo tienen la obligación de enseñarlos a su membresía, sino que deben cumplirlos dentro de su propia estructura, para que aquellos que comulguen con tales ideas las lleven consigo como un estandarte. No puede haber un partido político con una dualidad de pensamiento. Mostrando por fuera un respetable cascarón democrático, pero gestando en su interior la nociva corriente de imposición de ideas a la fuerza, falta de apertura al diálogo, poca tolerancia al pensamiento ajeno, falta de comunicación con las bases y falta de cumplimiento de la voluntad de la mayoría de sus miembros.
La democracia comienza en casa. Los partidos políticos tienen que caminar sus ideas con firmeza, pero sin pisar los derechos de su membresía. No hagamos de nuestros partidos nunca un caldo de cultivo para que germine aquello que atente contra cualquier principio democrático. Somos todos hombres libres. Profesamos la fe religiosa que nuestra moral nos dicta y acogemos con orgullo y pasión las ideas políticas que apelan a nuestras más íntimas convicciones.
Abogado