Sobre la naturaleza humana
Hay una especie de venganza, muchas veces inconfesa, en ese odio que algunos manifiestan y profesan de manera abierta hacia la desgracia de los hombres públicos o de sus familias; una especie de placer en ver cómo se nivela así, por obra del destino, la debilidad humana que por todos se comparte. No se comparte con ese entusiasmo el éxito, cuando es ajeno; se comparte más bien, y con algo de deleite, la pena que gravita siempre la existencia de la generalidad del ser humano. Como si en un espejo sórdido se viera reflejado aquel que se contempla en aquel que ve sufrir. No se rompen fuegos de celebración ante noticias placenteras, de descubrimientos que aceleran el progreso de la humanidad, pero sí se exhorta el odio celebrado a viva voz cuando se trata del dolor o la desgracia ajena. Atrás, como cuadernillo dominical que se ha olvidado en el banquillo de una iglesia, quedan las exhortaciones y los compromisos fieles de amar a nuestro prójimo, de deponer cualquier pasión innoble que fomente el odio y la aversión. La palabra buena queda impresa y queda escrita, pero solo en un panfleto; las redes se convierten en el sustituto de lo impreso y en el recipiente sórdido de todo aquello que a la luz del día, o los domingos, nos negamos a decir.
No hay duda alguna, los tiempos sí propician en el individuo la sed de volcarse en su opinión haciendo uso de esos mecanismos de expresión que hoy día existen. Y así como el poder tiene la virtud de sacarle lo mejor y lo peor del hombre, así también las redes han traído una marea de formas de expresarse en la que no se encuentra un freno o precedente, y eso de por sí no es malo. El uso responsable de ese poderío moderno corresponde a cada cual. Si lo que se busca es criticar a todos sin reparar por un momento en uno mismo, tal vez se caiga en esa trampa de encender el fuego de los odios que consume solamente a aquel que lo propicia. Como ya lo he dicho antes, vivimos hoy en el mundo aquel de los extremos; o se mejora el ser humano con todo aquello que la capacidad moderna le aproxima o se interna más y más en la caverna oscura de la intolerancia y en el apego a todo aquello que no lo deja mejorar, como individuo. Las redes pueden acercar al hombre y alejarlo uno de otro de manera así abismal. Basta, pues, considerar lo que hay a mano. Esa forma moderna de comunicarse, que permite expresar en un segundo una opinión sin hacer el uso moderado de la reflexión, traerá también consigo la responsabilidad en el uso personal. Espectadores somos de estos cambios que no tienen precedente y tenemos como referencia solo aquello que no cambia: la naturaleza humana que no cambia.
Abogado