Sobre la opresión
Hubo alguna vez una “teoría solera”, que declaraba del todo incompatible la mano de obra y la educación. El obrero debía ser en lo posible como el buey aquel subyugado en el trapiche; artificialmente enceguecido hacia todo lo demás. Según esta teoría, en sociedad hay, pues, aquellos que deben naturalmente componer ese sustrato, es decir, ocupar su lugar en el solar de la edificación social. Según esa teoría, cultivar la mano de obra en conjunto con la educación era simplemente incendiario. De allí que era mejor distanciar en lo posible aquella mano de la cabeza misma; mantenerla, si se quiere, como dentro de un guante oscurecido y húmedo para evitar así incendiar el intelecto.
Similar, en alguna medida, resulta la postura actual y obsoleta que, en algunos partidos políticos, ha asumido la “alta” dirigencia. No desean que las bases abandonen ese estado de necesidad política, no desean que piensen, que se superen, que abarquen la esperanza de lograr la plenitud individual a la que justamente puede aspirar cualquier hombre que vive en democracia.
“Disciplina” se traduce, según ellos, en ese encadenamiento electorero a propuestas que no necesariamente compaginan con la conciencia política de ese individuo; “falta de disciplina”, por otro lado, osan llamar a lo que constituye una de las más sagradas libertades del hombre: la libertad de pensamiento.
Olvidan, por haberse caído ellos mismos en una especie de caminadora, en una correa sin fin de sus propios intereses personales, que constituye un derecho inalienable del hombre elegir por qué propuesta electoral votar; olvidan, cegados ya por su propia ambición que los condena, que por mandato constitucional el voto es libre, igual, universal, secreto y directo; que ninguna disciplina electorera puede oprimir la propia conciencia del hombre que se inclina por aquello que individual y colectivamente cree correcto.
Algunos quieren una membresía que no piense en el país, sino en la medida misma de sus propias ansias fabricadas. Para qué dotar a esa membresía de una verdadera capacitación; para qué ilustrarla sobre las necesidades más elementales de nuestra población, a manera de lograr en ella un alto grado de identificación con esas necesidades, por parte de aquellos miembros que también las sufren, o de empatía social, con aquellos que tal vez ya las han podido superar.
Para qué traer la luz del conocimiento, donde mejor se cultiva el hongo alucinante de la necesidad social. Pero los tiempos han cambiado. Las puertas del conocimiento están abiertas a los muchos. El reservorio de la educación se ha masificado. Aquellos que no tenían acceso a información, hoy la tienen ya, y a veces hasta en tiempo real.
El hombre no ha cambiado, pero sí la formidable herramienta del conocimiento universal que está al alcance de la colectividad misma. Por eso, al haberse roto el dique que contenía el conocimiento para que se desbordara hoy, en esta era de luz, de nada sirve la forma tradicional y opresiva de limitar, encadenar y reprimir, sobre todo el propio pensamiento del hombre, que buscará ya libremente la forma de expresarse, contra todo esfuerzo que busque lo contrario.
Abogado