Sobre la participación y la maquinaria política
Las transformaciones políticas hacia la democracia de los regímenes autoritarios de América Latina y de algunos países de Europa, y la desintegración del bloque comunista, han generalizado a las democracias representativas como forma de organización del poder político.
Lo más destacable en la dinámica de estos sistemas políticos es que aproximadamente a partir de la década de 1970, la participación política experimenta un cambio fundamental: la revolución tecnológica de los medios de comunicación, la paulatina descentralización del poder político y su progresiva aproximación a los ciudadanos, y, sobre todo, la mayor importancia del papel del Estado como entidad reguladora de la sociedad a través de las políticas públicas, han transformado el significado clásico de la participación política.
Actualmente, la intervención de los ciudadanos en la esfera política no se reduce a la selección temporal de una serie de cargos políticos que se identificaban con los gobernantes, sino que amplía su significado bajo la forma de capacidad de influencia sobre una multitud de decisiones políticas. Aparecen nuevos temas, nuevas demandas a lo que los partidos políticos no responden de manera efectiva.
En Panamá, acostumbramos a hablar en función de la toma de decisiones de la “maquinaria política”. Es decir, a pesar de que buena parte de los ciudadanos conocemos más o menos el sistema de gobierno por el cual nos regimos, aceptamos pasivamente lo que las dirigencias políticas deciden y que, de una manera u otra, afecta a todos los asociados.
Por ello, resulta necesario comenzar señalando que la “maquinaria política” no actúa por sí misma. Desde el principio, los hombres, incluso el vulgo, deben hacerla funcionar. No solo requiere de la mera conformidad de los ciudadanos, sino de su participación activa, y debe adaptarse a la capacidad y actitudes de hombres y mujeres disponibles al efecto.
Lo anterior implica tres condiciones: el pueblo, al cual se destina una forma de gobierno que debe estar dispuesto a aceptarla, o cuando menos, no mostrarse tan renuente como para oponer un obstáculo insuperable a su establecimiento; debe mostrarse inclinado y capaz de hacer lo necesario para mantenerla en vigor; y debe mostrar su disposición y aptitud para cumplir con todo aquello que se le demande, con el fin de que ese gobierno pueda satisfacer sus propósitos.
Debe entender, asimismo, que la palabra “hacer” incluye una actitud de indulgencia, así como la comisión de actos. El pueblo debe ser capaz de cumplir con las condiciones de acción y con las de moderación, necesarias tanto para mantener en vigor la forma de gobierno establecida como para permitirse lograr sus objetivos, ya que el curso que se siga para alcanzarlos constituye su recomendación. La falta de estas condiciones convierte a una forma de gobierno en impropia para el caso en particular, por más esperanzas favorables que ofrezca.
El primer obstáculo, que se refiere a la renuencia del pueblo por una forma particular de gobierno, requiere solo una pequeña explicación, ya que en teoría jamás puede pasar inadvertido. En verdad, hay naciones que no se someten voluntariamente a ningún tipo de gobierno, a menos que este se encuentre en manos de ciertas familias que desde tiempo inmemorial han tenido el privilegio de proporcionarles jefes. Salvo por conquistas extranjeras, algunos países no han tolerado una monarquía; otros, se muestran igualmente contrarios a la República. En algunas ocasiones, el obstáculo trasciende hasta lo irrazonable.
En resumen, cuando se induce a un pueblo a que reconozca un orden social, o una institución política o de otra naturaleza, y los califiquen, en su caso, como buenos, o malos, convenientes o censurables, se avanza mucho para otorgar a uno, o despojar al otro, del predominio y la fuerza social que les permiten subsistir.
Y la máxima que enuncia que el gobierno de un país es lo que las fuerzas sociales que privan lo obligan a hacer, resulta cierta, solo en el sentido de que favorece, en lugar de desalentar, el esfuerzo de ejercer, entre todas las formas de gobierno que puede establecerse en la situación existente, una elección racional.