default

Sobre viejos y nuevos patrones de conducta


Al Gobierno lo desubicó el último mes uno de los conflictos más antiguos y tenaces que tienen los pueblos en tiempos de crisis: las protestas callejeras, en su versión intemperante, y que crisparon de nuevo a una sociedad que se sintió, por momentos, atrapada en un laberinto.

Ricardo Martinelli tuvo, de ese modo inesperado, una constatación poco agradable: su política de recular cada vez que se apiñan las masas ha tenido hasta ahora un saldo favorable en las encuestas, pero no lo suficiente como para suponer que los desafíos han desaparecido.

Hay un balance que parece concederle razón a la estrategia presidencial. De no haber aceptado las exigencias de grupos indígenas, los daños por el cierre de la Interamericana hubieran superado con creces los diez millones de dólares registrados, y debemos admitir que la frecuencia y el impacto de estas prácticas vienen en ascenso. Independientemente que la cantidad de participantes no sea multitudinaria, la ubicación de los cierres tiene ahora naturaleza táctica y cada vez más ponen de rodillas al Gobierno.

Así y todos en el Ejecutivo no parecieran tener a mano respuestas fáciles para el dilema. El mayor peligro político radica en la posibilidad de que las manifestaciones, aún menguadas, recrudezcan: el ánimo social, sobre todo de los sectores populares, podría empeorar en un momento en que están vapuleados por las amenazas inflacionarias y de inseguridad social.

Otra disyuntiva es la ambivalencia que se ha empezado a vislumbrar entre el Presidente y algunas conductas del poder. Hace rato que desde allí se bate el parche que frente a cualquier desequilibrio político, revive la idea de una reforma constitucional o una constituyente. Se comprende la convicción de mantener la hegemonía presidencialista y de fortalecer la institucionalidad del país, aunque sea a través del tránsfuguismo, pero todos sabemos que el imperio al que quieren llegar de nada servirá porque la estrategia responde a una táctica del mejor postor más que a la buena voluntad de hacer patria.

Tampoco a Martinelli le temió que José Luis Rodríguez Zapatero, el premier de España, le hiciera alguna recriminación por el tema de Paco Gómez. El dirigente socialista es un hombre de tacto y apunta a conservar la mejor relación con un país donde reside un buen volumen de inversiones españolas. Pero el malcontento que produce este tema tiene matices más que migratorias y sólo empieza a hincharse.

Las cifras fiscales siguen brillando por su opulencia. Pero con cada llegada de personeros del BID y del Fondo Monetario a Panamá se eleva, con naturalidad, el clima de tensión del porqué se incrementa la deuda, los gastos y el descontrol. El Gobierno terminó de finiquitar su plan de inversión, al tiempo en que se acentúan los malos síntomas de la economía internacional, entre ellos las revoluciones ideológicas en el Medio Oriente y las radiaciones nucleares en el Lejano Oriente. Igualmente, se está poniendo a prueba la relevancia de los subsidios a un combustible cada vez más caro y escaso, ante una crisis inflacionaria que ya toca un fondo social. Ese cuadro está acompañado además por los redobles innecesarios que aportan la actividad partidaria y el desgaste político.

La oposición ha empezado a prender la mecha y aunque faltan más de tres años para las próximas elecciones, ya se huelen algunos precandidatos. Todos refunfuñan contra la hosquedad presidencial y su estilo autoritario; además describen un panorama enrarecido en el que ya están cansados de tanta terquedad, prepotencia e indiferencia.

Martinelli, mientras tanto, sigue fantaseando y los mira de reojo, al tiempo que ordena al ungido a que estreche manos y toque puertas. Y para eso aconseja que se baje del avión y se monte en carreta, como si el país fuera su parque de diversión y el gabinete su cajón de juguetes.

Es hora entonces de que los dos bandos se aparten de la frivolidad política y se encarrilen por la ruta de la seriedad. Jugar como chiquillos, a estas alturas, es una inmadurez insensata y trae consecuencias graves para el país.

rcarles@cableonda.net