Sociedad enferma
El sermón del Te Deum de monseñor José Domingo Ulloa no causó un aplauso, gestos de asentimiento, señales que expresaran asentimiento, cuando dijo que somos una sociedad enferma. De rey a paje, todos guardaron silencio. Son palabras que resuenan en el presente y continuarán resonando en el porvenir: “Reconozcamos que todavía tenemos asuntos pendientes como país. Debemos reconocer, por ejemplo, que somos una sociedad enferma, con una necesidad urgente de sanar y salvar el alma nacional. Y una de las más graves enfermedades de las que padecemos es la corrupción”.
Existe en nuestro país una gama de extensos y sutiles matices sobre la definición de corrupción. Existe la corrupción económica de recibir coimas para adjudicar obras públicas. Existe la corrupción tanto material cuanto moral de privilegiar a determinadas empresas privadas que dieron dinero a un candidato o a un gobernante, con la apariencia de una donación legal, pero obtienen lucro como una inversión para controlar dependencias públicas, posiciones estratégicas de apoyo a las administraciones privadas.
Existe la corrupción política de diputados que venden leyes y votos; de jueces y magistrados que transfiguran los fallos en botín pecuniario; de alcaldes, concejales, representantes que anulan planes de obras de beneficio a las comunidades y se sumergen en una displicencia nirvánica; de medios de comunicación que lanzan inmundicias contra el honor de personas naturales y jurídicas por canje de puestos y organizan campañas de descrédito forjadas por personas acusadas de ladronas.
Es compleja la casuística de corrupciones económicas y morales dentro de la vastedad de los delitos y aberraciones éticas. Somos y seremos una sociedad enferma mientras le neguemos agua, luz, vivienda a miles de panameños; mientras prolonguemos el desacierto en la prevención del delito; mientras toleremos que las cárceles sean asiento de las peores perversiones humanas; mientras ensanchemos los abismos sociales entre millonarios y pobres; mientras consintamos que se impongan los intereses de unas cuantas familias o de correligionarios en la absorción de la administración estatal; mientras bajemos la cabeza a los fraudes electorales, a las violaciones constitucionales, a la subasta crematística de la administración de justicia.
Afortunadamente, contamos con las reservas morales de la juventud gallarda que deslumbró en los desfiles estudiantiles de la capital y el interior. El mensaje de monseñor va dirigido a los estudiantes no contaminados de los vicios que carcomen la sociedad enferma. Debemos protegerlos con una enseñanza enraizada en los valores fundamentales que concurrieron a la edificación de la soberanía panameña. Debemos prodigarle un nuevo y revolucionario sistema educativo que los lleve al mejoramiento de la calidad de vida y a la construcción de una sociedad sana.
Dirigiéndose a las futuras generaciones, el mensaje de monseñor recalcó la imperiosa necesidad de eliminar constructivamente los malos ejemplos de los mayores a los niños y adolescentes: “¡Cuidemos el ejemplo que les damos! ¡Cuidado!, porque lo que hoy hagamos o dejemos de hacer, estaríamos gestando, en lugar de patriotas, seres egoístas y perversos”. Los jóvenes observan los síntomas de la sociedad enferma con una visión amplia y aguda. Ya no los podemos engañar.