¡Son dos barras!
Empeñado en saber el significado de aquel grito de los operarios de diablos rojos, que en la calle nadie supo explicarme, subí en uno de esos depósitos rodantes en hora pico: no fue tarea sencilla. El auxiliar se ocupaba a gritos, de que todos los que esperábamos en montón, junto a la puerta, entráramos en aquella jaula atestada. Insistía en que sí se podía. Y yo que no. De pronto, sin que yo supiera cómo, se embutió entre la gente que ya se había colgado, con su grito de guerra a todo pulmón.
El alegato que escuché mientras intentaba seguirlo por la hendidura que se abrían entre la “carga”, me dio la clave del misterio: los pacientes ciudadanos debían formar dos filas en el pasillo, porque para eso existen dos barras en el techo. Mucho dice de los hábitos higiénicos del panameño el que esas crujidas resulten casi soportables.
No somos seres bidimensionales, como láminas o poco menos... Los pasajeros somos personas de tres dimensiones, y en el estrecho espacio del pasillo central, no cabe sino una fila: las barras sirven para utilizar las dos manos en la hazaña de mantenerse en pie.
El Metrobús no será muy distinto, si la consigna de las dos barras se mantiene igual y no hay un cambio radical en las costumbres de los operadores y si el régimen de frecuencia no sigue de manera inteligente las variaciones de las horas pico. Veremos.
