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Son unos traidores

Por: Redacción 16/02/2017

Lo que vive nuestro país en estos momentos es difícil de describir. Hay impotencia, indiferencia, frustración, corrupción de la peor y, sobre todo, traición. Porque se ha traicionado a la patria. Lo hacen quienes faltan a su juramento y deciden que su país es su finca. Lo es cuando el mayoral se pelea con su financista y su principal proveedor y piensa que todos los demás somos sus peones. En nuestro pasado, por comportamientos menos indignos se ha fusilado a gente. Y es que nuestro país se encuentra en su hora más baja. Cuando ya a nadie le importa lo que pasa, salvo que lo afecte directamente. Porque se ha tensado la cuerda tanto que ya nadie extraña que se rompa.

Los que desde un principio señalamos a los culpables de mancillar el nombre del país a través de sus traidoras acciones fuimos objetos de burlas y señalamientos. Se puso a disposición de los más corruptos todo el aparato encargado de administrar nuestros recursos para, de una forma baladí y tratándonos de idiotas, hacernos ver que el país era atacado por una megaconspiración internacional-intergaláctica, que pretendía acabar con el prestigioso nombre de nuestro país, sus autoridades y, por supuesto, sus amigos.

Ahora que la felicidad ha terminado en el seno de la cosa oficialista, y agotados todos los recursos de distracción posibles, se ruega, cual mediocre director de equipo de fútbol cuyo equipo gana por la mínima, el pita'o disfrazado de días de Carnaval, para que todos olvidemos la vorágine de corrupción y vergüenza en la que estamos imbuidos.

Luego vendrá la realidad. Las calificadoras nos harán pedazos. Los bancos y las multinacionales comenzarán a huir de un país que está sentado en un barril de pólvora política. Nos llenaremos de precandidatos presidenciales, cada uno más estrafalario que el otro prometiendo lo imposible. Luego viene la crisis. El desempleo y la maximización de la inseguridad, la cual ya comenzamos a sentir cada vez de manera más palpable.

Y los problemas cotidianos seguirán. Incluso, con el riesgo de aumentar, como los tranques y el desastroso sistema de salud, así como la destrucción total de la educación pública, tarea que gobierno tras gobierno se ha logrado con enorme efectividad, para desgracia de esta nación.

Asco. Eso es lo que siento por todos los involucrados, sus defensores y patrocinadores. Son una lacra que no merecen ser llamados panameños. Les deberíamos quitar la nacionalidad y mandarlos a la fila de los apátridas, para que nunca más nadie intente mancillar nuestro buen nombre.

Infames y mentirosos. Han convertido nuestras ciudades en lugares llenos de obras inconclusas, donde, para ocultar su infinita incapacidad, utilizan las auditorías como excusas para no hacer el trabajo porque todo es culpa del "gobierno anterior".

Hay tantos panameños buenos en las filas oficialistas que no comprendo cómo siguen aguantando tanta humillación. Y es que cada día es más difícil encontrar personas que les parezca que el Gobierno lo hace bien o al menos lo intenta.

Es la hora de la patria. Estamos sentados frente a la disyuntiva más grande. No hacemos nada y esperamos a que todo se diluya para que el próximo escándalo sea peor y nos convierta en un Estado ingobernable, o ponemos atención a lo que está pasando y exigimos correctivos inmediatos. Las futuras generaciones nos lo reclamarán y nos maldecirán si los condenamos a tener que reconstruir una vez más una nación que casi llega a ser próspera.

Ingeniero de Sistemas. Estratega-Consultor de Comunicación Política.

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