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Su esposa gasta mucho

Por: Redacción 14/05/2016

Monseñor Emiliani, estoy casado con una mujer que me está exprimiendo económicamente, porque ha caído en la tonta y ridícula telaraña del qué dirán y las apariencias. Venimos de abajo, luchando para levantarnos económicamente. A base de préstamos pagados siempre a tiempo, he prosperado. Soy muy buen administrador de los bienes recibidos y tengo a mi cargo 14 empleados. Trabajo 15 horas al día. He podido levantar un buen capital y tengo dos hijos estudiando en un buen colegio privado. Pero mi esposa ha empezado de cinco años para acá a hacer amistad con señoras de mucho dinero, madres de familia de ese colegio. Todo el mundo de ellas gira en reuniones y fiestas de sociedad y aunque ayudan en obras de caridad, lo hacen todo movido por el afán de aparecer en los diarios y de que digan que son buenas. Tienen maridos de mucho dinero, alguno de ellos con plata conseguida de manera dudosa y otros son gente honesta, empresarios de mucho éxito. Nosotros no pertenecemos a esa clase social y yo no tengo realmente amigos a ese nivel. Mi esposa sí se ha hecho amiga de un grupo de ellas. El colmo: se ha comprado carteras y zapatos tan caros y se ha enloquecido comprando ropa de lujo. Esa no es la mujer que yo conocí hace 15 años. Era sencilla, buena, trabajadora a más no poder y que economizaba todo lo que podía. Le he dicho de muchas maneras que no me gusta cómo gasta el dinero. Ella dice que tiene que mantenerse en el nivel de ellas para no quedar marginada. Que incluso esa relación con ellas me conviene para hacer negocios. Y sí es verdad, ya le vendí a uno de estos señores mis productos, quedó muy contento e hicimos un contrato por 3 años. Pero fui a su casa una vez y otra a un restaurante de lujo donde alterné con otros amigos de él, y no me gustó. Me he sentido que no pertenezco a ese ambiente. Mi círculo de amistades es otro. Mi mujer me dice que con mis antiguos amigos no voy a ninguna parte.

Estimado señor, su esposa cayó en la trampa. El consumismo absurdo y esa obsesión de tener todo de marca y exhibir las prendas y ropa en círculos cerrados donde todo es ver quién está mejor vestida, quién lleva la cartera más cara y las joyas más finas es realmente ofensivo ante tanta hambre y pobreza extrema, ante tantas necesidades urgentes en nuestro país. Advierto que conozco gente de esos círculos sociales que no han caído en esa trampa. Que mantienen sobriedad en todo y que además son bien generosos con los pobres.

Su esposa no va por buen camino. Lo que tienen ustedes les ha costado mucho. Hay que invertir, hacer más fuerte el negocio, ahorrar, pensar en la universidad de los hijos, gastar lo necesario para vivir con cierta comodidad, pero no caer en ese materialismo y consumismo salvaje. Por otro lado, hay que ser generoso con lo que Dios nos da. En vez de gastar en esa ropa, zapatos y carteras tan caros, compartir con los pobres y ayudar a los que están mal. Eso no quita que con su dinero, ganado honestamente, se den unos gustos moderados en el vestir, comer y hasta viajar.

Por otro lado, no podemos hacer depender nuestra autoestima de las cosas que tengamos o no. Duele saber de fiestas donde se exhiben pertenencias tan lujosas en el contexto del tercer mundo, donde mucha gente pasa tanta hambre y no ganan en un año el valor de la ropa y demás accesorios que lleve puestos una sola señora esa noche. Pero también sé de gente rica que con su fortuna dan trabajo a cientos de personas, generan progreso en el país, son generosos en las obras sociales y no viven exhibiendo lujos. Son sencillos y austeros y así educan a sus hijos. No están arrodillados ante el dinero, sino solo ante Dios, con quien son invencibles.

Monseñor

 

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