Tambor de la alegría
“Quiero que tú me lleves al tambor de la alegría”, tonada sencilla y antigua que nos recuerda desde hace años estos cuatro días que llamamos Carnaval.
Sin haber sido encuestado me sumo al 43% de los que no estamos de acuerdo con los Carnavales como lo celebramos a lo panameño, sin negar que es ocasión para mucha gente trabajadora de hacer sus reales y sin negar que puedan ser de atracción turística lo cual a veces lo pongo en tela de duda.
Se dice que entre los países que celebran los Carnavales, Panamá ocupa un segundo lugar después de New Orleans y antes que Río de Janeiro, Venecia y Canarias, España. Son opiniones que contentan a algunos. No sé si muy realistas.
Los Carnavales con toda la explicación que se les dé a su origen, en la historia de Panamá son una celebración muy antigua, según leí en la revista Lotería en un relato del Padre Jesuita Mercado de los años 1600s.
En Panamá este año se celebran los Carnavales oficiales y carnaval privado, amén de las actividades de Las Tablas. En la ciudad un grupo será en la Cinta Costera y otro en Juan Díaz. Realmente lo que ocurre es una parálisis de toda actividad productiva. Cierran los comercios, los bancos, las calles, las clínicas, etc... Para muchos, es el tiempo para dedicarse a lo prohibido por la moral cristiana. Gracias a Dios muchos grupos religiosos confluyen para celebrar retiros espirituales como su tambor de alegría, otro tipo de alegría desconocido que es reunirse para alabar a Dios, escuchar y meditar su palabra y compartir en comunidad experiencias y testimonios edificantes que producen esa paz interior que tanto necesitamos como salud mental.
No deja de ser escandaloso el saber que se la adjudican 2 millones de dólares para “gastarlo” en orquestas, carros alegóricos, en bailes callejeros y mojaderas, que equivale a que se tomarán todo ese dinero y se echará en el centro del mar, sin ninguna utilidad comunitaria habiendo tantas necesidades y tanto damnificado de inundaciones y otras calamidades. Pan y circo.
Criterio para juzgar el resultado de los carnavales al menos en el mes pasado, es medir la cantidad de basura, de botellas vacías, latas, papeles, excrementos y orinales públicos, hediondez, sulfhídrico, y recuentos de accidente y robos. No hay que perder la esperanza de que a través de los años aprendamos a canalizar toda la energía y la creatividad que se invierte en estas actividades, las orientemos a proyectos de perdurable trascendencia.
