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Tareas, ¿necesarias o antipedagógicas?

Por: Redacción 12/03/2015

La educación se ha convertido en un arma política arrojadiza, pero lo más grave es que la falta de consenso la sitúa en una constante experimentación. Estamos en la era de las nuevas tecnologías, de las inteligencias múltiples, en el estudio de las emociones y en la educación colaborativa y, a pesar de ello, la educación continúa asentada en el aprendizaje memorístico.

Colegios y padres no parecen ir siempre en la misma dirección en cuanto a la educación de los menores: los primeros anteponen los certificados de calidad del centro a la formación del profesorado y basan los éxitos educativos en los resultados de las notas de acceso a la universidad. Los padres, por su parte, no han entendido que la esencia de la educación se realiza en el hogar. En un amplio porcentaje se han convertido en sufridores junto a sus hijos en los cursos de Primaria, entre 6 y 11 años, de la cantidad de horas que pasan en el colegio, más las actividades extraescolares —muchas veces obligadas por la difícil conciliación entre el trabajo y el hogar—, y por las tareas escolares que llevan a casa.

La polémica regresa cada curso de manera cíclica a los ambientes escolares: ¿son necesarias las tareas escolares?, ¿cuántas son adecuadas? Las posturas están tan encontradas que por cada padre que considera innecesarios los deberes en casa, hay otro que opina que son insuficientes. Y esto es así porque cada alumno es un mundo, cada hogar también y la educación debería saber aprovechar más en las aulas las cualidades y las capacidades de cada alumno, a través de la motivación, la investigación y las prácticas, y en casa reforzar esas habilidades con la socialización, los juegos, la lectura…

Una conocida regla educacional establece que el tiempo dedicado a las tareas en casa debería aumentar con la edad, a partir de los 10 minutos en el primer curso de Primaria, 20 en el segundo, 30 en el tercero, y así sucesivamente… pero ni es lo habitual, ni la coordinación entre profesores lo hace posible, y al final lo que consiguen es un rechazo de los menores a los deberes, tensiones innecesarias en casa para obligar a los pequeños a realizarlos y un agotamiento de los niños y de los padres sin que a estos últimos les quede tiempo para jugar.

También hay una norma no escrita entre la comunidad docente sobre la utilidad de las tareas para inculcar el valor del esfuerzo personal y de la responsabilidad en la formación, pero los detractores de ellas las rechazan porque, aseguran, deberían formar parte del proceso de aprendizaje en el aula y pueden originar desigualdades sociales según el tiempo que los padres puedan estar con los hijos o las condiciones del hogar.

La realidad es que los padres realizan las tareas con los menores en los primeros cursos, bien para que no se distraigan bien porque no saben hacerlas solos, y esa dependencia resulta después contraproducente al quitar autonomía y responsabilidad a los niños. Además, crea una competición entre los padres por tener que saber temarios ya olvidados o preocuparse por las calificaciones más que los propios hijos.

El profesor Harris Cooper, de la Universidad de Duke ha estudiado la eficacia de hacer deberes para conseguir mejores notas y concluye en que estos solo son positivos si son adecuadas para la edad de los alumnos. No habla de eliminarlas, sino de limitarlos.

En el medio, por tanto, está la virtud. Si los padres somos los primeros convencidos de que el futuro está en la globalización, en saber trabajar en equipo, en la creatividad y en los idiomas, propiciemos una educación que prepare a los profesores, motive a los alumnos y que los enseñe a pensar, de tal manera que las tareas escolares sean lógicas, adecuadas y útiles, no una rutina contraproducente y una especie de castigo antipedagógico diario. Es una cuestión de calidad y de practicidad, no de cantidad.

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Viernes 31 de julio de 2026

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