¡Te amaré para siempre! (II)
“Te amo”, decimos a viva voz, pero en el fondo del alma se oye el murmullo siniestro: “pero te traicionaré cuando me sea conveniente….”; “me comprometo”, decimos declarando nuestra alianza ante cualquier grupo e ideal, “pero cuando esto se ponga difícil retiro mi promesa”…. “Estoy en esta lucha, pero cuando vea que mis intereses están en juego, abandono el barco”. Prevalece el egoísmo, desaparece el heroísmo; reina la incapacidad de mantener compromisos a largo plazo, promovida por nuestro corazón carcomido por el “ego”. Todo depende de “si me conviene”. En el fondo “yo soy mi dios”. “Todo gira en torno a mí”. Este es el gran drama actual en una cultura preñada de traiciones y desengaños.
En ese sentido ¿Quién puede confiar en quién? Con ese principio subyacente en nuestra cultura infectada de corazones inmaduros, caprichosos y traidores, se tambalea la institución del matrimonio y de cualquier organización basada en las promesas formales de personas que juran fidelidad y terminan dañando cualquier relación. Así en el mundo empresarial y político, en cualquier relación gremial, hay en el fondo de la gente un miedo al engaño y mecanismos de defensa para evitar posibles puñaladas por la espalda. Vivimos en una sofisticada selva donde tenemos que protegernos en guaridas de especulaciones y chismes, estrategias de ataque y demandas legales, siempre a la espera de la embestida ponzoñosa de los traidores del momento. Pero lamentablemente, fácilmente pasamos de víctimas a victimarios. ¡El que esté sin pecado, que tire la primera piedra! ¡Señor, ten misericordia de nosotros! Qué fácilmente podemos pasar de Juan el evangelista a Judas Iscariote, el más grande traidor de la historia.
Pero eso no debe ser así. ¡A nacer de nuevo, del agua y del Espíritu! A creer en el amor y a vivir en el amor. A consagrar nuestras vidas al Amor. A purificarnos de cualquier actitud y comportamiento basado en la mentira, sabiendo que Dios es Verdad y a demostrar siempre sinceridad en nuestras relaciones humanas. Que nadie tenga que lamentar nuestra indecisión o lo peor, nuestra traición. No nacimos para ser Judas, sino para entregarnos fielmente a amar con todo nuestro corazón a Dios, a los demás, a nosotros mismos y a las causas nobles que hay en la humanidad. ¿Qué eso cuesta? ¿Qué humanamente no se puede? Con Dios todo es posible, ya que con Él somos invencibles.
