Te llamaré Ismael: Mi encuentro con Cala
El día que vi llegar a Ismael Cala a la IX Feria Internacional del Libro de Panamá, en el centro de convenciones Atlapa, sentí su buena vibra y llegó con una batería de guaruras que no permitirían que nadie se acercase más allá de su sombra. Al voltear me tropiezo con una minusválida en un coche de bebé, que discutía con su madre la intención de poder ver a Cala de cerca y hasta abrazarlo (mucha osadía por parte de un ser tan diminuto) y para colmo, la madre hastiada me dice: “usted ve, está empecinada en llegar hasta donde Cala y ni siquiera podremos pasar esa barrera”.
Me dije para mis adentros – esto no es conmigo – y al intentar salir de ese atolladero, se me cae el libro de Ismael Cala, “El Poder de Escuchar”, quedando abierto, y lo primero que leo al recogerlo fue “Call me Ishmael: Llámame Ismael”, parecía como si el cielo me estuviera mandando un mensaje, donde me pedía que intercediera por la fan del cochecito.
Me paré en seco y a todo pulmón dije “Ismael”. . .y el efecto no se hizo esperar, era como un déjà vu: de esa seriedad que tenía el gran personaje, inmerso del barullo en que se encontraba, emergió el astro, con su peculiar sonrisa y ese magnetismo que irradia por cada poro de su ser; “aquí hay una admiradora que se muere por verlo”, y la muchedumbre que estaba por delante se abrió como el mar rojo, y Cala pudo ver de quién se trataba, “una diminuta y vivaz mujer en un cochecito le sonreía y le conminaba a que le permitiera llegar hasta donde él se encontraba”.
Quedé yo también abriendo paso, para que la solícita madre y la hija en su coche de bebé se colaran y pasaran al frente del pabellón, donde Cala firmaría, ese y el siguiente día, su primera obra “El Poder de Escuchar”, un libro que, sin lugar a dudas, llegará a posicionarse en ventas.
Cuando la discapacitada llegó hasta el pabellón, nadie tenía idea de cómo posaría junto al insigne periodista y yo le propuse a Ismael que diera la vuelta al estand, pero en eso sus me apabullaron con una estruendosa negativa, porque eso entrañaba “como dar la vuelta a una rotonda” y el mujeral allí concentrado, lo que menos quería “era verlo llegar para después verlo alejarse”.
fansIsmael Cala levantó una mano e interpeló a las mismas “Te puedes levantar y te subimos hasta aquí”, a lo que la diminuta joven, atrapada como un gorrión en una jaula muy pequeña para ella, se desenroscó de su asiento y quedó en pie, como si un resorte invisible la hubiese disparado.
UNA LLUVIA DE CAPTARON EL MOMENTO Y EL AMBIENTE SE LLENÓ DE JÚBILO, COMO SI UN SANTO HUBIESE REALIZADO UN MILAGRO DE SANACIÓN.
FLASHESDe allí surgieron manos a lo Broadway que la alzaron, hasta quedar sobre el mostrador que daba frontal a Cala, quien ensanchó su cosmética sonrisa y le preguntó cómo se llamaba; tartamudeando de emoción, la menudita mujer le dijo su nombre, y Cala la abrazó por la cintura y esta le dijo lo feliz que se sentía al poder conocerlo, precisamente, cuando ya hacía su último recorrido.
Una lluvia de captaron el momento y el ambiente se llenó de júbilo, como si un santo hubiese realizado un milagro de sanación. Resultaba tierno y a la vez conmovedor ver ese cuadro “el celebérrimo periodista y la esmirriada fan”, en un abrazo que perduró un salto en el tiempo y el espacio, creando una visión fugaz y a la vez familiar, que causó regocijo. Y pensar que la mitad de los políticos de mi país hubieran dado un brazo o un pie por un momento mágico y trascendental como este, donde lo real y espontáneo surgen sin planeación alguna.
flashesCuando la chica regresó a su cochecito, el sentimiento de reconocimiento e importancia iban con ella, pero había algo más, un brillo, producto de una lágrima de felicidad al descender por una de sus mejillas.