Terror en la Colina
Todos recordamos aquellas viejas películas que nos hicieron temblar de miedo, tales como ‘Pesadilla en la Calle Elm, Viernes Trece y hasta el Muñeco Diabólico. El tiempo ha pasado y lo que ayer fue motivo de espanto, gritos y recurrentes pesadillas, hoy nos causa risa dadas sus incoherentes e inverosímiles tramas. Lo que no se puede negar, sin embargo, es el gran carisma aterrador de sus protagonistas. Me pregunto si Freddy Krueger, Jason, Chucky y el resto de los legionarios del terror, alguna vez recibieron entrenamiento intensivo en terrorismo por parte de algunos funcionarios de la Colina en la Universidad de Panamá o viceversa dadas las singulares coincidencias que existen entre ambas partes.
Salvo algunos contados casos fortuitos, los que hemos tenido la oportunidad, por no decir la desdicha, de visitar ese lugar a fin de hacer algún trámite hemos degustado de una u otra forma el sabor de la negligencia, la descortesía o ambas cosas. Hasta parece que los llamados ‘pares externos’ de acreditación universitaria de los que tanto se habla jamás han puesto un pie allí, o si lo han hecho, han sido engañados por un excelente montaje de falsa operatividad. De hecho, sería sumamente interesante saber lo que estos mismos pares encontrarían si tuvieran la ingeniosidad, por no decir la osadía, de hacer una visita sorpresa o mejor aún de clientes misteriosos a la Colina y poder experimentar en vivo y a todo color lo que allí acontece con demasiada frecuencia.
El suplicio comienza cuando, ingenuamente lleno de expectativas, te apersonas allí pensando que las cosas se pueden hacer de forma expedita. Pronto comienzas a percatarte de que algo extraño está sucediendo y no me refiero precisamente al hecho de que tu saludo casi nunca recibe la debida reciprocidad. Escuchas una acalorada discusión en la que un desesperado cliente, producto de la frustración, ha perdido la paciencia y opta por exigir sus derechos con una firmeza que casi siempre degenera en gritos. Luego presencias cómo una recién llegada con un humor de Pato Donald colérico y de Demonio de Tasmania enfurecido adopta una actitud similar pero mucho más radical a la del desafortunado cliente anterior a pesar de que aún no ha interactuado con ninguno de los funcionarios allí presentes. Es la cliente que vino ayer y probablemente muchas otras veces anteriores y que aún no logra que le den respuesta a su(s) solicitud(es). En ese momento, entras en un dilema existencial y comienzas a preguntarte si los buenos modales que tu mamá y tus maestros de primaria te enseñaron de verdad tienen algún valor dada la naturaleza de la jerga requerida para comunicarse efectivamente en la Colina.
Llega tu turno y adivinen ... La historia se repite. Sin embargo, esta vez tu malestar no es una cuestión de empatía, pues eres parte activa del elenco. Después de caminar extensos trechos subiendo y bajando escaleras y colinas producto de procedimientos establecidos de acuerdo con una inexplicable distribución geográfica, llegas a una oficina en la que una funcionaria, al escucharte decir que ya has sufrido lo suficiente, te dice: “Prepárese, porque va a sufrir más”. El problema es que tiene razón. El siguiente funcionario te dice que no te puede atender porque no tienes una cita. Por supuesto que no la tienes, ya que las miríada de llamadas a los números telefónicos que te dieron para solicitarla nadie las contestó. Haces esta observación y todos los funcionarios presentes repiten al unísono que los teléfonos estaban dañados, lo cual es poco probable porque muchas veces sonaban ocupados. Desconcertado por lo que está ocurriendo, piensas que estás en cámara indiscreta. Al percatarte que no es así y abrumado por las situaciones, tomas la decisión de quejarte con los superiores, pensando que esto hará alguna diferencia. El funcionario a cargo de estos menesteres te da una hoja de papel para que descargues en ella toda tu insatisfacción y así evites una embolia cerebral. La verdad es que tiene mucho sentido, pues tu reclamo no tendrá ningún efecto sobre el status quo. Hay quienes dicen que el no protestar es una forma de complicidad pasiva, pero, en nuestro medio cultural, quejarse o no quejarse dan el mismo resultado, es decir, ninguno, con la única diferencia de que, en el primer caso, te llenas de enemigos innecesarios.
Lo antes descrito parece extraído de una parodia de terror producida en Hollywood, pero es apenas una ínfima y tenue exposición de la multiplicidad de casos y cosas reñidos con la razón que a diario se repiten en la Colina, cuyo solo nombre es capaz de generar fuertes emociones que van desde la paranoia hasta la fobia y el terror entre muchos de los que experimentado las penurias de este lugar. Quizás peque de idealista, pero dudo que lo que allí se vive sea el sueño que el Dr. Octavio Méndez Pereira alguna vez tuvo para nuestra Alma Matter.
Coordinador del Centro Especializado en Lenguas Universidad Tecnológica de Panamá
Centro Regional de Azuero.