Tiempo de caballeros: Nacho Jiménez
y Geografía
Nota: El artículo inicialmente se elaboró en colectivo con los hermanos Jiménez Chamizo.
Vivimos tiempos en los que el uso de medios tecnológicos hacen rápida la comunicación, estos nos vislumbran y nos hacen soñar más en el futuro que escudriñar en el pasado. Todos reflexionamos al pensar en tantas cosas que se pueden aprender, pero esta realidad, también conduce a meditar sobre el uso inadecuado de los mismos, que continuamente se utilizan para hurtar, calumniar denigrar y ofender a muchas personas. Por ello, en este momento cobra mayor vigencia una serie de valores que para muchos jóvenes parecen cosas del ayer, pero estos se mantienen como referencial y ejemplo, aunque para otros solo representen bellos recuerdos.
Hace 100 años nació en La Mesa de Veraguas, nuestro padre Nacho Jiménez Canto; fue una persona que solo llegó a cursar estudios primarios y creció en medio del trabajo y del sacrificio. A pesar de ello, tuvo como valores fundamentales en su existencia, la honradez, la sinceridad, la vocación de servir, acompañada de una permanente caballerosidad.
Nacho Jiménez conformó con la especial Ma-Luda, una familia humilde, pero de trabajo, y quien llegaba a nuestra casa no salía de ella sin por lo menos tomar una taza de café caliente.
Desde muy joven, a nuestro padre le gustaron las peleas de gallos, deporte o afición que hoy tiene menos semejanza al modelo tradicional. Es que 30 o 40 años atrás, estas y la fiesta alrededor de ellas era un entretenimiento de caballeros comprometidos con su palabra; personas a las que la vivencia cotidiana les había enseñado que la palabra escrita es un simple sustituto de la palabra hablada; por ello, con solo decir apuesto y pago, cumplían con su palabra sin un ápice de disgusto, y para quienes al apostar a un gallo, al ganar o perder su encrestado, ellos sentían que ganaban, porque con su buen trato y atención enriquecían su entorno al ganar un amigo más, a sabiendas que ello representaba el lado bueno del encuentro.
Eran tiempos del pasado porque ahora en las galleras y desgraciadamente en gran parte de la sociedad panameña, la palabra dada no vale, nadie es caballeroso y menos aceptan perder o ganar de buenas maneras.
Siempre lo recordamos apostar en una gallera y luego de perder, buscar a la persona con quien había perdido para pagarle su dinero e invitarlo a compartir. Eran tiempos de hombres sencillos, pero de categoría y de clase como decía un viejo gallero Mesano, Don Antonio Tejera, “Para ser un buen gallero hay que ser más fino que los gallos”.
Fiel a su palabra, nuestro padre correspondió a una invitación de un desafío de gallos en la tarde del 30 de abril de 1983 en Los Ruices de Las Palmas y allí frente a una pelea de gallos, cerca de sus amigos y conocidos pasó a la eternidad.
Para conmemorar su natalicio, sus hijos, amigos y galleros del país hemos realizado durante 31 años continuos, un Clásico de Gallos en la ciudad de Soná, encuentro gallístico que tiene como lema ”Clásico de la Amistad y la Caballerosidad”, posiblemente el de mayor continuidad en nuestra nación.
Los valores humanos y el comportamiento correcto siempre tendrán vigencia y trascendencia, aunque en determinadas circunstancias se destaquen cambios para bien o para mal y es posible que dentro de 50 años, nuestros nietos se admiren al saber que mucho tiempo atrás un hombre no necesitaba testigos ni firmar un papel para cumplir con la palabra empeñada.
Un viejo refrán español reza: “Entre hermano y hermano, 2 testigos y un Escribano”, pero aún entre los galleros, la palabra de un hombre tiene igual valor que un documento escrito; y esta clase de hombres reafirma a su descendencia el no olvidar que la escritura no es más que la pintura de la voz. Esta buena práctica no solo garantiza la continuidad de los encuentros gallísticos, sino que debería imitarse y extenderse a otros espacios de nuestra vida ciudadana.
Al hacerlo, estaremos honrando las enseñanzas que nos legaron nuestros padres y abuelos y cultivando actitudes y comportamientos que caracterizaron a ese tiempo denominado de caballeros, donde el gallero de experiencia compartía con hijos y amigos jóvenes, y al hacerlo estaba seguro de que su comportamiento transmitía enseñanzas, aunque él no supiera hasta dónde alcanzaba esa influencia, pero en nuestras vidas perdurará mientras estemos vivos.