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Tiempos de esperanza

Por: Redacción 24/12/2014

Me duele la vida por sus crueles historias de necedad. Se utiliza al ser humano como divertimento, se aniquila su libertad, se pisotean sus derechos más básicos, como si viviéramos en una selva, donde nadie reflexiona, ni nadie se preocupa de los más desvalidos. Realmente somos esclavos de nuestras propias miserias. Pienso en tantos emigrantes a los que se les niega todo, hasta ser detenidos sin miramiento alguno y, en bastantes ocasiones, en condiciones inhumanas. Olvidamos que cualquiera de nosotros puede ser un migrante.

La mayoría de los mortales que han tomado la decisión de huir lo hacen por extrema necesidad, para escapar de los conflictos o de la persecución. Lo único que buscan desesperadamente es un lugar donde vivir en paz. También recapacito sobre la riada de personas obligadas a ejercer la prostitución, a ser esclavas sexuales, sin tener derecho alguno, a dar o no su consentimiento. Medito, finalmente, pensando en esa otra multitud de gente, a la que se adoctrina para aceptar la esclavitud de la sumisión, siéndolo de sí mismo. Por no citar a esa otra muchedumbre, dispuesta a hacer cualquier cosa con el insólito fin de enriquecerse la persona sola o sus íntimos colegas.

Realmente, la necedad nos viene triturando el alma, con la correspondiente confusión mundana. Se han trastocado los valores humanos, y el camuflaje de mentiras que nos acosa, acaba por dejarnos sin argumentos. La comunidad internacional debería multiplicar los llamamientos hacia el sentido humano del planeta.

Se impone, en consecuencia, el combate espiritual contra todos estos desajustes y desórdenes humanos.

Nuestro compromiso, por consiguiente, tiene que ir más allá de las palabras y de las acciones, ha de ser tomado como una actitud de buscar efectivamente el bien colectivo.

En efecto, es necesario también hacer una mención a la compasión como actitud benevolente, de mano tendida que, en absoluto, ha de ser un ejercicio de poder, ni una demostración de generosidad, sino una búsqueda en el camino del encuentro. Solo un proceder de sensatez y gratuidad hará posible la cooperación entre unos y otros. De lo contrario, continuaremos practicando un sometimiento ilógico e irracional. En cualquier caso, no esperemos a mañana; cojamos desde hoy la senda del intelecto, obviemos la necedad, y pongámonos todos en disposición de caminar, con el auxilio como compañía que, por otra parte, es la única manera de contribuir al crecimiento en humanidad de nuestro mundo. La esperanza, ya saben, es lo último que se pierde. Somos así de esperanzados por naturaleza.

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Miércoles 5 de agosto de 2026