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Tiroteo en Tucson


La tragedia ha sido atribuida a un tirador solitario, pero siempre llamará la atención el carácter selectivo de su locura. El ataque a tiros lanzado este domingo en Toscana Village por Jared Loughner, de 22 años, contra la congresista demócrata por Arizona, Gabrielle Giffords, en medio de un acto público, parece tener componentes que impiden sacarlo de la órbita política. Partidaria de las polémicas reformas, migratoria y al sistema de salud, impulsadas por la administración de Barack Obama, Giffords ya había sido atacada en marzo de 2010. En las últimas elecciones su adversario republicano, un ex marine llamado Jesse Kelly llamaba a disparar contra ella el cargador completo de un M-16, una metáfora peligrosa que si bien podía leerse como de rechazo a la política de Giffords, no descartaba la incitación al crimen. Solitaria o no, la acción de Loughner, que dejó seis muertos y 17 heridos, parece coincidir con la oposición política a la congresista demócrata. Lo más preocupante es, sin embargo, la reaparición del odio como factor político, que podría estar propiciando una conducta atípica en el tradicional comportamiento democrático de la sociedad norteamericana, y que permite mirar, con justificación, hacia los magnicidios de John y Bob Kennedy, y de Martin Luther King en los años sesenta. ¿Si esto le ha ocurrido a una congresista, puede ocurrirle al presidente Obama? Ya en los años ochenta Ronald Reagan también fue herido por un tirador solitario.