A toda Roma le llega su Nerón
Más allá del típico efecto a corto plazo que significarán los recortes de impuestos, las des- regulaciones laborales y el bullyng empresarial, no es muy difícil prever los efectos negativos de esos mismos beneficios.
Incluso desde un punto de vista puramente capitalista, la imprevisibilidad de un ego como el del nuevo presidente hará que todo el sistema tiemble.
Si algo no les gusta a los poderosos inversores, aquellos que se divierten jugando a la ruleta en Las Vegas e invirtiendo aquí y allá con su famoso “espíritu de riesgo” son, paradójicamente, las incertidumbres. Bastante tienen con sus propias borracheras.
Por no entrar a hablar de temas más importantes como la obscena desigualdad que asola el mundo (ahora ocho hombres poseen lo mismo que la mitad más pobre del mundo y el uno por ciento lo mismo que todo el resto), realidad que en cualquier momento revienta en una megacrisis, para joda de los más jodidos, como siempre.
Por no hablar del empeoramiento de los conflictos sociales que pueden tener un efecto dominó. Por no hablar del antiguo recurso del odio racial y xenófobo de los mismos neonazis travestidos de siempre que no encontrarán satisfacción ni completa redención en el único recurso del ego de un presidente sin más ideología y pensamiento que su amor propio.
En la Era Trump, Estados Unidos promete volverse más proteccionista, mientras China, el gigante comunista, se vuelve el campeón del libre mercado, como Inglaterra en el siglo XIX, como Estados Unidos en el siglo XX.
Como decía mi querido amigo Eduardo Galeano, es el mundo patas arriba. Pero eso es parte de su naturaleza: girar y ponerse patas arriba cada veinticinco años.