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Todas las guerras son evitables

Por: Redacción 06/09/2013

Víctor Corcoba Herrero (opinion@epasa.com) / Escritor

Parece que estamos viviendo en la hora de las tinieblas y de los abismos. Nos desbordan las intimidaciones. Los peligros de que se agraven las situaciones están ahí. El horror es un diario vivir en muchas vidas sometidas a constantes humillaciones. Tenemos que pensar en el modo de salir de este desconcierto.

Las soluciones bélicas acrecientan los problemas. Deben evitarse los conflictos. El abecedario de los artefactos es demasiado estridente para establecer pláticas. La puerta de la paz no se abre con amenazas. No es preciso imponer nada, es más de proponer y recapacitar sobre las propuestas. Para empezar hay que estar dispuestos a ser constructores de armonía. La proliferación de violencias de todo tipo lo que hace es sumirnos en la desesperación, en lugar de activar nuestro esfuerzo por el entendimiento. Desde luego, si queremos un planeta hermanado hay que poner decididamente la inteligencia al servicio de otros razonamientos más pacifistas, sabiendo que la concordia es posible sin armas, lo que exige el establecimiento de atmósferas adecuadas con la convivencia, instaurando la verdad como luz, la justicia como horizonte, el amor como camino y la libertad como descanso.

Evidentemente, son evitables todas las guerras, y aunque después de los espantos de la Segunda Guerra Mundial la sociedad ha dado un paso importante fundando Naciones Unidas, hoy esa comunidad internacional tiene que respetarse mucho más. Hay que dejar de fabricar armas y pensar en producir otras dimensiones, quizá más elevadas al espíritu humano, como puede ser la solidaridad como deber natural. Los artefactos son siempre destructivos y destructores, en cambio el desarme es un signo de cambio y desarrollo, puesto que los gastos en armamentos pueden utilizarse en las personas más necesitadas. Para desdicha del mundo, seguimos preparándonos para las guerras en lugar de esforzarnos por alentar otros sentimientos más armónicos, más del interior nuestro y de la vida. Por supuesto, tenemos que adentrarnos en las causas que originan estos conflictos y ver la manera de favorecer el encuentro entre culturas, encontrando el apoyo preciso y necesario en las organizaciones internacionales.

Hay tantos sueños por cumplir, que hace falta conciliar ideas y reconciliar discursos, trazar nuevas reglas y retratar nacientes objetivos, como el de reforzar los vínculos de amor. Ciertamente, el amor es el mejor batallón de paz. Deberíamos importar ideas que nos armonizasen en vez de armarnos de rencores. Con la violencia todos perdemos. Lección que debe grabarse en todo espíritu humano, en toda cultura, en toda convivencia. A mi manera de ver, es más preciso que nunca, que sigamos avanzando en el respeto hacia cualquier ser humano, para conseguir un mundo libre de ensayos armamentísticos. Cuesta entender, por tanto, que algunos Estados no firmen o ratifiquen tratados tan importantes para toda la civilización como el de prohibición completa de los ensayos nucleares. Lo mismo sucede con las armas químicas que aún persisten.

Recordamos aquí las palabras de Martín Luther King: “Tenemos que aprender a vivir juntos como hermanos o morir estúpidamente”. Obviamente, un mundo que es incapaz de fraternizarse, más pronto que tarde, multiplica los odios y las venganzas a un ritmo tan cruel como vertiginoso.

La historia nos evoca hechos dramáticos, que pudieron evitarse a poco que hubiésemos recapacitados –como ya dije- sobre sus causas y efectos desencadenantes del conflicto, esta es la lección que debemos extraer del pasado. Sabemos, por consiguiente, que las divisiones entre países, que la barbarie contra las personas, que la imposición de ideologías, que el rearme sin límites ni concierto, que el incumplimiento de los tratados internacionales o cualquier otra regla de conducta internacional infringida, no pueden llevarnos más que a nuestra propia destrucción. Todas las naciones del mundo tienen que llegar al acuerdo de un nivel mínimo de armamento.

El día que tengamos estima por el prójimo, que aprendamos a aceptarnos unos a otros, no harán falta otras armaduras, que la defensa mediante un diálogo incluyente que nos configure como ciudadanos del mundo, donde la enemistad sea agua pasada que no mueve molino y la amistad agua viva que nos aglutina. Disgregado el tejido moral que nos une, como familia o sociedad, hay que temer cualquier cosa. El caos ocupa nuestras vidas.

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