Trabajo Humanitario
Se precisan obreros crecidos en humanidad, dispuestos a tomar el mundo por amor. Cuando una sociedad pierde sus valores morales, como sucede en la época que vivimos, resulta muy difícil la convivencia.
Sabemos que cada día las necesidades humanas son más numerosas y también más complejas, lo que requiere sumar fuerzas y multiplicar la generosidad. Jamás dividir los corazones. Sólo el año pasado hubo más de 250 desastres alrededor del mundo. Millones de refugiados buscan cobijo y asistencia en otros países. Hay tantas situaciones de emergencia que cubrir que faltan manos dispuestas a donarse y socorrer a los que piden auxilio.
Es imprescindible, pues, obligarse a tomar los asuntos humanitarios como algo propio y necesario, como algo justo y prioritario.
La Oficina de Coordinación de Asuntos Humanitarios (OCHA) acaba de solicitar 208 millones de dólares para sus operaciones de este año. Todo el dinero será poco, pero también es fundamental sembrar ética en el mundo. Es cierto que los desastres naturales tienen enormes consecuencias para las personas que los sufren, pero los causados directamente por el ser humano son todavía más crueles. El ser humano frente al aluvión de catástrofes tiene que formar parte de la solución, no ser el problema como sucede en tantas ocasiones. Las desgracias parece que nunca vienen solas y las personas que han sufrido terribles adversidades suelen quedar solos, sin nada, deseosos de recibir más amor que alimentos.
En este mundo hay muy pocos que siendo grandes, se empequeñecen, que se hacen voz de los sin voz, que conviven con los pobres haciéndose pobres, sin pedir nada para sí. Hay mucha hipocresía en todo esto. Porque para estar al servicio del bien y de la causa de los excluidos, se debe actuar con total entrega e independencia.
Al fin y al cabo, el planeta es un corazón que se mueve con muchos corazones latiendo. Esta crisis no cesará hasta que el ser humano cambie por dentro. Es cuestión de poner alma en la frialdad que nos rodea y esto sólo lo podemos activar los humanos. Aquella frase célebre del poeta y dramaturgo alemán, Johann Christoph Friedrich von Schiller, de que "haciendo el bien nutrimos la planta divina de la humanidad; y formando la belleza, esparcimos las semillas de lo divino", puede ayudarnos a despertar la ensoñación de tantos y a dormitar las amarguras de otros.
Por eso, el trabajo humanitario tiene que ser la gran apuesta del cambio, la gesta de la metamorfosis del ser humano, y éste no puede convivir con el peligro, porque el mundo necesita sosiego permanente, que únicamente se consigue con la buena voluntad de los humanos.
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