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Trabajo, individuo y sociedad


El hombre se ve obligado a trabajar porque no nace aislado, sino en una sociedad. Desde su nacimiento ella le da protección, ayuda y seguridad. Además, al entrar en la sociedad el hombre se siente heredero de un vasto legado de cultura: una inmensa herencia de conocimientos y sabiduría; los frutos de muchísimos años de actividad económica, en forma de bienes capitales; habilidades y discernimientos en el arte del trato social, que han ido aumentando con el paso del tiempo y generaciones cada vez más refinadas en la apreciación de la belleza. Todo ello es el producto del esfuerzo de sus antepasados.

En el presente el hombre se apoya en el trabajo incesante de quienes constituyen su sociedad. El adulto tiene la responsabilidad de hacer ver al niño la deuda que tiene con la sociedad pasada y actual y enseñarle que esa deuda se paga con trabajo: con una labor honrada, productiva y útil, que a su vez contribuirá a la salud de la sociedad y a que se realicen las potencialidades de sus sucesores venideros. La comprensión de esta deuda recíproca puede mejorar mucho la actitud del individuo ante el trabajo de su vida entera, ayudándole a percibir su importancia y dignidad.

Durante la primera fase de la vida infantil gran parte de esa carga pesa sobre los padres, pero el Estado debe encargarse de ella, de más en más, cuando los recursos de los padres no son apropiados. Mientras que el hombre debe estar dispuesto a realizar un trabajo útil, el Estado tiene el deber de proporcionarle empleo. Porque el desempleo es uno de los males más nocivos y el pueblo que lo tolera merece su consecuente menoscabo moral.

El Estado también debe proporcionar seguridad social en forma de protección contra los peligros de las enfermedades, de los accidentes y de la ancianidad. Solamente cuando el hombre consigue librarse de la necesidad, del temor al desastre económico y de la falta de oportunidades para trabajar puede aspirar a la libertad de vivir creativa y constructivamente. Si la educación que el niño recibe en la escuela le prepara para una libertad que luego no podrá ejercer en la sociedad adulta a causa de las condiciones económicas, sociales o políticas que el Estado puede controlar, si quiere, esa educación habrá sido engañosa y falsa.

Por otra parte, el hombre indolente carece de libertad interior, pues está dominado por su indolencia. Por ello la libertad interior puede ser más difícil de lograr en un Estado benéfico mal organizado. Es obligación del Estado encontrar el delicado equilibrio por el que la libertad exterior del individuo se fomenta mediante la supresión de los obstáculos de carácter social y económico sin menoscabar su incentivo para lograr la libertad interior.