¡Transformación ordenada, pero radical!

Por: Redacción 23/10/2017

Cuando surgió el actual desgobierno, expresábamos brevemente –pero con acento rigurosamente crítico— nuestra patriótica pesadumbre. Nos pareció que rayaba en irresponsabilidad ciudadana, traer al poder en esta hora dificilísima, expuesta a la contingencia de hombres representativos de la incapacidad y desmoralización nacional, a este equipo de hombres mediocres que no han dado a su patria un minuto de gloria ni siquiera de bienestar. Más de una vez lo hemos dicho, porque es la idea de que se nutre toda nuestra política en lo que al problema específicamente panameño se refiere: nuestro pueblo sufre un proceso de considerable descomposición colectiva, o dicho de otra manera, el Estado panameño, suma de las instituciones y organismos encargados de asegurar la convivencia nacional, ha perdido su autoridad y eficacia. Ni el desgobierno de Varela al uso ni la Asamblea Nacional ni el Órgano Judicial suscitan en los panameños respeto ni esperanza. Es una necesidad –empleamos con energía el vocablo— es una necesidad que ya anda próxima a engendrar gravísimas consecuencias, confundir las modificaciones políticas a que invita el sesgo de los acontecimientos mundiales, con el proceso que por sí misma lleva la vida interior de Panamá.

El desgobierno de aquellos (de "El pueblo primero") o del supuesto "Gobierno de transparencia", que ha resultado ser en la práctica "un pobre desgobierno", presidido por Juan Carlos Varela, fue exaltado en medio de una incertidumbre ciudadana. Advino, pues, en lamentables momentos de maquinaciones políticas puramente internas del país. ¿Y qué ha significado este desgobierno? Evidentemente, significa un régimen de nepotismo, tan anormal, tan incapaz, tan corrupto que, a tres años y meses de gestión (2014-2017), ha consumado su fracaso junto a grupos gobiernistas hasta el momento frecuentadores del Poder.

Ninguno de "El pueblo primero" tenía ni tiene prestigio suficiente para constituir un Gobierno normal. Esto no lo decimos antojadizamente: lo dicen los hechos y en ellos, la nación entera. Al agudizarse la crisis institucional, económica y social que padecemos por el "efecto Varela", toda cabeza clara, todo corazón sereno medita lo siguiente: ¡El Estado panameño, o sea la maquinaria de las instituciones públicas, están pulverizadas! Es preciso reconstruirlo, dotándolo nuevamente de las dos calidades esenciales a los instrumentos del Estado: autoridad moral y eficiencia en su funcionamiento. Para ello, no hay otro camino que transformar hondamente las instituciones públicas (Ejecutivo, Legislativo y Judicial) de modo que nos parezcan otros, como recién nacidos y purificados con su nuevo nacimiento. Se impone, pues, una reorganización profunda del Panamá político, judicial y administrativo.

Reorganización política, judicial y administrativa significa una renovación de ciertas leyes y reglamentos, no un mero cambio de vocablos que nada vale ni representa un cambio real en la sociedad. Transformar las instituciones públicas es transferir el predominio que hasta ahora han ejercido ciertos "clanes familiares" a otros núcleos y otros hombres y mujeres; es modificar la mecánica histórica que ha producido la decadencia panameña. No otra cosa hace cada cual en su casa, en su empresa, en su comercio, cuando marchan torpemente los menesteres: cambiar el personal para cambiar de usos. Todo impone a cualquier temperamento patriótico la demanda de una transformación ordenada, pero radical, en la vida pública. ¡Sin la transformación radical no volverá a haber orden institucional en Panamá y acaso el desorden se eleve a la potencia de anarquía y caos!

Pedagogo, escritor, diplomático.

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Lunes 13 de julio de 2026