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Transformando vidas en Curundú


Guillermo Benítez (opinion@epasa.com) / Abogado

Curundú era una vergüenza nacional. Una vergüenza para los políticos que durante cincuenta años permitieron que se desarrollara un mundo paralelo de miseria e indigencia a pocos metros de torres imponentes, pisos de mármol, lujosos hoteles y extranjeros maravillados, a quienes le escondíamos el horror de la miseria más indigna que alguien pueda imaginar. Treinta y seis meses necesitó este gobierno para borrar cincuenta años de indolencia.

Curundú era miseria que lesiona el alma. Solo espíritus heroicos podían mantener viva la autoestima, en medio del horror de un pantano de excrementos, donde deambulaban cual zombis, despojos humanos vencidos por un nivel indigencia que solo la droga era capaz de mitigar. Mar de excrementos, efluvios humanos, sin servicios higiénicos en plena ciudad capital. Hombres, mujeres, abuelas, niñas, bañándose con latas a la vista de todos. Impudor, hacinamiento, pandillas, violencia, sangre y muerte.

El Proyecto Curundú es quizás, el más hermosamente humano del actual gobierno. En la inauguración de la segunda fase, el señor Presidente lo definió con precisión conceptual: “Este proyecto no solo se trata de construir viviendas sino de construir nuevas vidas.”

Jamás se había ejecutado en Panamá un concepto de transformación integral, de una comunidad marginal con tal alcance y cobertura. Ochocientos personas todos moradores trabajan en su construcción. Muchos de ellos se han incorporado a los cursos que en el sitio ofrece el INADE.H. Al terminar el curso de electricidad el trabajador recibe un “kid” completo con las herramientas necesarias, igual los barberos, albañiles, las estudiantes de belleza. Cada estudiante de modistería recibe una máquina de coser. La segunda fase que se inauguraba era el centro comercial. Los locales son para los moradores, la tienda, el salón de belleza, la fonda, la refresquería.

Todo un equipo interdisciplinario trabaja para que la gente inicie una nueva vida. Trabajadores sociales, técnicos, monitores, instructores para mini-empresarios, financiamiento para iniciar un negocio. La comunidad asume su destino. “No se trata de construir casas sino de construir nuevas vidas.” Por ello el orador principal no fue el Presidente, sino la joven adolescente Leydis Caicedo, espíritu heroico criada en el viejo Curundú, estudiante del Instituto Nacional, que habló de su vida en este barrio, de su niñez, de sus sueños, de las oportunidades que ahora se le abrían, estudiante que, como todos los de Curundú, posee una computadora portátil con acceso a internet gratis. Mientras ella hablaba, alegre, optimista, vi a otro Ricardo Martinelli. Quizás el Martinelli íntimo. No el empresario exitoso, no el político guerrero, sino el hombre sensible al que se le nublaron los ojos y se le asomaron las lágrimas.

Curundú, encerrado, escondido entre las verdes aéreas revertidas y los rascacielos de la cinta costera, era un modelo de marginalidad, de humillación para miles de negros e indígenas, hoy reivindicados socialmente, integrados como ciudadanos, reconocidos en su dignidad y dimensión humana. Pero no habrá organismo de “derechos humanos” que muestre su conformidad. No habrá pronunciamientos de las organizaciones de la etnia negra, ni de los grupos indígenas. La “sociedad civil” callará, esperando tal vez, que se caiga uno de los edificios; no habrá primeras planas ni “últimas noticias.” El Presidente seguirá siendo el empresario de derecha, dictador, autoritario. Pero en Curundú la gente ha vuelto a la vida.