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Transfuguismo y la estrecha camisa del partido


No sin cierta frustración, la ciudadanía observa el crecimiento y desarrollo del transfuguismo entre diputados de distintos partidos políticos. Tal pareciera que la democracia no se asienta en las urnas a las que acude el votante sino en las posteriores transacciones de gobiernos y parlamentarios. Y no se trata sólo del venerado voto. El transfuguismo ha rebasado las normas de los propios partidos, y expuesto, sin remordimientos, el carácter reciclable de la conciencia política. Peligrosa conducta que incorpora relajamientos en reglas de juego tenidas como estatutos inamovibles, que se aplica a los electores, pero que una vez en el poder, los políticos transgreden de manera continua. Es una doble moral que deja sin mucha justificación al votante para participar en nuevos comicios.

Pero, ¿qué está ocurriendo entre aquellos que practican el transfuguismo con regularidad y sin rubores? Tal pareciera que se mueven según las fluctuaciones del mercado político, convirtiendo en regla la oferta, según el mejor postor. Así, ¿cuánta confianza pueden tener los electores en las instituciones democráticas, sobre todo en aquellas que tienen el supuesto deber de proteger su sufragio en las urnas? ¿Cuánta cotización han perdido, en el mercado político, los partidos? ¿Tienen alguna justificación mantenerlos como expresión culminante de la democracia, si expresan una evidente incapacidad por sustentarse así mismos y a los votantes? El transfuguismo es en consecuencia un atentado contra la misma democracia, por la que muchos en su momento dijeron luchar y hasta dar la vida.