Tras la caída del “Mono Jojoy”
A finales de los años noventa, Estados Unidos y Colombia pusieron en marcha una millonaria campaña estratégica contrainsurgente llamada “Plan Colombia”, destinada a liquidar la subversión en ese país. Ya para esos años grupos como el M-19 y el maoísta Ejército Popular de Liberación se habían desmovilizado, aprovechando treguas abiertas por los gobiernos de Belisario Betancur y Virgilio Barco, lo que dejó activos al Ejercito de Liberación Nacional y a las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, más numerosas y más viejas. Hasta finales de los noventa las fuerzas oficiales solo habían enfrentado a la subversión, pero a partir del Plan Colombia, y sobre todo después del fracaso de las conversaciones en San Vicente del Cagüán, que patrocinó el gobierno de Andrés Pastrana, la estrategia oficial fortaleció un componente que en los últimos diez años le ha dado excelentes resultados: de cada millón de dólares invertidos en el Plan, el 40 por ciento fue destinado a las labores de inteligencia. Y cada golpe dado a las FARC ha llevado implícita esa faena. La reciente caída del Mono Jojoy ratifica ese criterio, porque sembrarle un “gps” en una bota para conocer exactamente su ubicación es tan solo un trabajo de maestros, y revela hasta dónde la inteligencia colombiana, no solo ha sabido organizarse, sino con la clase de elementos que cuenta. Después de Jojoy, nadie debe cantar gloria, principalmente las FARC. Desde hace mucho tiempo el gobierno tomó la iniciativa estratégica, y el fin parece cerca.
