Turismo de convenciones
Nos regala la sección económica de un diario de la prensa local la noticia sobre la "nutrida" delegación de 30 empresarios panameños que acompañaron a la viceministra de Turismo a la feria IMEX América 2015 en Las Vegas con la intención de promover al país como destino para la realización de convenciones. "Tenemos mucho que ofrecer y queremos atraer más turistas", observa la viceministra.
Durante más de tres décadas, visitamos Las Vegas, varias veces al año, para participar en ferias de computación y telecomunicaciones celebradas en esa fascinante ciudad que nunca duerme, ubicada en medio del desierto del estado de Nevada.
Nace Las Vegas como una meca de casinos bien administrada por la mafia, destellante magneto para ludópatas en un país que se jactaba de prohibiciones, resultado de sus raíces anglosajonas protestantes. El plan maestro conllevaba la construcción, similar a nuestra capital, de un importante núcleo de opciones de hospedaje. Complementariamente, a lo opuesto de nuestro destino, se erigieron importantes centros de entretenimiento con carteleras de lujo que incluían a los mejores artistas de la época. Evolucionó Las Vegas, nutriendo la oferta con boletos aéreos baratísimos y una impresionante oferta culinaria, igualmente económica.
En adición a Las Vegas Convention Center, con una oferta de espacio significativamente mayor que Atlapa, la metrópolis en medio del desierto ofrece una infinita variedad de nuevos centros de convenciones equiparados con una envidiable logística, muy difícil de duplicar en otras importantes ciudades que tratan de competirle.
En el siglo XXI, Las Vegas evoluciona, irónicamente, hacia un centro de atracción de familias. Abandonando el Istmo para cumplir con una conferencia dirigida a inversionistas, todos ejecutivos de alto nivel con capítulos de vivencias internacionales en el corazón de Broadway, me recoge en mi residencia de madrugada en su recién lavado auto don Carlos Chong, profesional del volante, apasionado en su quehacer y trato, que bien podría servir como ejemplo a sus colegas taxistas.
Por su diario quehacer en las calles de la ciudad de Panamá, Carlos siempre me dicta una cátedra de turismo. "La cosa anda mal, terriblemente mal. Se fueron los turistas y parece que ya nada les hace regresar", testimonio sincero de una brújula que contradice las cifras de los muy cacareados reportes de la Autoridad de Turismo.
Al llegar a Tocumen, saludo calurosamente a los portamaletas, que al percatarse de que no utilizo sus servicios, siquiera se molestan en responder el saludo. Porque mis suegros viven en Miami, vuelo en American Airlines para aprovechar la escala, dejando provisiones istmeñas e intercambiando abrazos en el restaurante La Carreta bajo la terminal E cercana a la salida de aduanas, donde al acercarme permea el aroma a café cubano y deliciosos pastelitos de carne o guayaba, mientras el altoparlante anuncia: "Bienvenido a Miami y las playas". En el desierto mostrador de American Airlines de Tocumen me comunican, para mi deleite y comodidad, que el vuelo va casi vacío, noticia que a la vez me entristece porque quisiera ver los vuelos repletos de alegres turistas.
Manuel, quien me atiende con especial esmero, me traslada a la primera fila de la cabina principal, donde soy el único pasajero, confirmándome lo que, en efecto, me adelantó Carlos al recogerme. "Estamos preocupados por la falta de afluencia de turistas, algo que no es resultado de competencia, pues lo mismo nos dicen los compañeros de Copa". Ya dentro de la zona libre, posterior a los registros de seguridad de rutina, me acerco al inodoro de caballeros frente a la puerta 25 encontrando extraños agujeros detrás de las maniguetas de los urinales, de seguro cueva de desperdicios y huevos de cucarachas en desaliñado servicio, muy a pesar del anunciado aumento de impuesto de $10 por pasajero, donde en el área de lavamanos existen dos diferentes tipos de recipientes para jabones, sin jabón en ninguno de los dos, obligándome a voltear la mirada en búsqueda de la cámara escondida, pensando que se trataba de una broma. La pesada broma nos la juegan a todos los usuarios del flamante aeropuerto. Aproveché para visitar también el risible quiosco de la Autoridad de Turismo frente a la puerta de abordaje 22, repleto de basura y ausente de literatura, que merece un remozamiento antes de que asemeje a las ruinas de Panamá La Vieja. Dónde, me pregunto, estará el ministro de Turismo, pensando si ha sido punto de visita obligatorio de la viajante viceministra, quien de seguro habrá notado lo mismo que yo, a sabiendas de que para vender el país como importante centro de convenciones, el trabajo debe comenzar en casa.
Panamá es un paraíso, una joya sin pulir. Si la mafia pudo convertir un desierto en el más pujante centro de convenciones del mundo, de seguro nuestros hábiles políticos fácilmente debiesen aprovechar la exuberancia tropical y la novel ley de exoneración de impuestos a empresas estadounidenses para que celebren sus convenciones en nuestro medio, transformándonos en colmena rebosante de mieles, riqueza y fuentes de trabajo. Debemos iniciar con proveer de jabón los inodoros de Tocumen y nombrar gente apta para regir el turismo nacional. Tiene usted la palabra y la batuta, señor presidente Varela. ¿O es que tampoco a usted le importa?