Turismo Estudiantil
Era el verano septentrional en Nueva Inglaterra, 1968. El viernes 7 de junio, temprano en la mañana, emigró la caravana desde Worcester en Massachusetts hacia la frontera canadiense en el estado de Maine para reentrar a Estados Unidos por Fort Kent al ocaso de la jornada y emprender la aventura de una semana en canoa acampando en las vertientes del lago Churchill del río Allagash. Frisaba los quince años, la cavidad esponjosa del cerebro ávida por experiencias como el encuentro matinal con un alce que descendía a las orillas del lago para saciar su sed o la pesca de mi primer regordete y harto peleón salmón.
Ya de retorno a la escuela preparatoria, posterior al fogueo con la naturaleza nórdica, subsecuente al lavado de la ropa y preparación de maletas, descendimos ensacados al Consulado de Francia en la ciudad de Nueva York para una recepción de bienvenida antes de abordar el vuelo de Air France al aeropuerto de Orly en París el domingo 16 de junio. El profesor Saint Germain nos consagró la bienvenida a un París en feroz revolución social entre estudiantes y la gendarmería del presidente de Gaulle, abordando el tren desde la Gare d'Austerlitz al poblado de Amboise, sede de nuestra escuela de la lengua y cultura de Moliere durante las próximas seis semanas.
Podría consumar capítulos y horas a ultimar detalles intrínsecos de la jornada hace medio siglo. El punto es que todavía las vivencias permanecen frescas en el altillo del recuerdo. Cuando en aquellos tiempos se estilaba viajar al museo europeo, tal cual lo es ahora, vemos con extrañeza la creciente vertiente en intimar con el Istmo y conocer las particularidades de su historia, ecología y potencialidades económicas. Grupos estudiantiles, en su mayoría universitarios norteamericanos, más y más frecuentan Panamá para conocer su lienzo del siglo veintiuno, su potencialidad logística e intimar su hábitat dejando transitoriamente a un lado sus celulares, su ensimismamiento, al disipar la señal en los bosques lluviosos, obligando al contacto visual y la fluida conversa de otrora. Qué bueno que los centros de enseñanza especializada dediquen cada vez más esfuerzos en visitar sitios allende, porque una cosa es hablar de Panamá en un mundo cada vez más pequeño y otra es despertar con el quiquiriquí de los gallitos y el olor a leña y café, hervir bajo su sol de mediodía y saborear un suculento ceviche de corvina acompañado de una gélida cerveza Balboa.
Mañana por la tarde me toca dictar en un ambiente informal en una de las salas del American Trade Hotel del Casco Antiguo mi conferencia "Why Panama?" a un grupo de 42 estudiantes de posgrado de la Universidad de Rutgers, centro académico del estado de Nueva Jersey al sur de Nueva York, una multifacética introducción al paraíso que les servirá de sede por una semana. Si logro que recuerden alguna de las preciosas láminas o rumorosas anécdotas dentro de medio siglo, así como yo rememoro los recuerdos del río Allagash y del pueblito de Amboise, ¡habré cumplido mi cometido!
Tiene Panamá la posibilidad de incursionar en esta novel tendencia del turismo que goza de enormes potencialidades en captar la atención y más importante aún, estimular viajes posteriores a un destino poco común que bien podría gozar de enorme popularidad a mediano plazo. A solicitud de centros de estudios superiores presento mi conferencia en diversas latitudes estadounidenses y europeas, pero una cosa es la curiosidad inquisitiva y la limitación de mis contactos y otra totalmente diferente sería una planificación oficial fraguada con esmero y entusiasmo para el logro de consecuentes y continuados encuentros in situ durante el verano norteño, los meses de junio, julio y agosto, en plena temporada baja en Panamá, para así incrementar el número de visitantes, la ocupación hotelera y la actividad turística en el Istmo.
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