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Twitter para sortear la crisis


El silencio no siempre está asociado a la indiferencia pero sí nos dice mucho de quien lo protagoniza. Ricardo Martinelli se negó primero a pronunciar una sola palabra sobre las denuncias a miembros de su círculo de confianza pero luego hizo una revisión interior, apartado de la escena pública, que lo llevó a enfrentar los escándalos que se cometen en su administración y que son presa fácil de los medios de comunicación.

El anuncio publicado de que los funcionarios denunciados son inocentes y que los periodistas son mentirosos es muestra de que el Presidente no está bien asesorado. No sólo se ha desembolsado una parte del presupuesto oficial de publicidad para defender lo indefendible, sino que se ha asumido un papel que hasta ahora ningún Gobierno se había atrevido.

Igualmente, detrás de esa publicidad defensiva ha empezado a emerger la larva de una crisis pública inflada por diversas razones, especialmente por la mora del Gobierno para mensurar la crisis de decencia, el fomento de ciertas intrigas palaciegas y la manera desmañada cómo el Presidente guarda silencio.

Todo indica que Martinelli hizo en días pasados una evaluación de las aptitudes e incompetencias de su Gobierno.. El balance lo dejó insatisfecho por dos razones: olfatea que la sociedad puede colocar en duda su capacidad para el ejercicio del poder de que hizo gala hasta ahora; y concluyó que algunas indicaciones suyas no habían sido cabalmente comprendidas o, en su defecto, mal ejecutadas.

Quedó instalada además otra sensación. A las directrices presidenciales les han faltado claridad y lucidez. Sobre esos desacoples ocurridos durante la campaña electoral ya no cabe remedio, pero ahora el Presidente ambiciona enviar señales previsibles a una sociedad crispada y la certeza de que no todo seguirá igual. Vale no sólo para la gobernabilidad sino además para ir preparando un terreno más propicio para reformar la Constitución.

Sin embargo, el Gobierno sigue dueño de una constancia: el consenso sobre la figura presidencial continúa elevado en el orden nacional, pero se detecta una considerable brecha entre el optimismo que reina en el oficialismo y el desencanto que empieza a ganar a sectores de la sociedad.

Eso explica, a lo mejor, la obsesión de Martinelli por mantener un silencio y recurrir a sus seguidores a través de su cuenta en Twitter.

Resulta sospechoso que un Presidente diseñe tal dispositivo mediático con las pretensiones de cambiar el péndulo y crear la sensación que existe una campaña orquestada para acabar con la credibilidad de su Gobierno. El espectáculo en la calle no mutará de un día para el otro y los medios de comunicación cada vez lo arrimarán más hasta que solicite una investigación seria y actúe de acuerdo a la ley. Se sabe que cualquier provocación desproporcionada de parte de los periodistas podría tener una repercusión. Ya vimos el malcontento que producen cuando lo emplazan que terminan primero deportados y luego asoleados como mentirosos.

Tampoco la solución radica en intimidar o espiar. La política juega un papel preponderante y el Gobierno requiere de socios y amigos para darle soporte a su insinuada estrategia de cambio. También de tolerancia y disposición para acercarlos, algo ausente durante estos últimos dos años.

El FMI hizo la semana pasada su evaluación de las metas trimestrales del país y el saldo parece aceptable. Pero la paciencia tiene un límite. Y aunque Martinelli dio muestras de sus habilidades en el uso de las redes sociales, su parábola final aún se desconoce y todavía la verdad está en el aire.