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Ubícate en tu centro


No hay realidad que se mueva sin un centro sobre el que gire, desde la llanta de una bicicleta al sistema solar, un sistema filosófico con una matriz de pensamientos, o un movimiento político con una definida doctrina, al igual que un país con su constitución nacional. Todo lo que existe tiene un centro que sostiene su engranaje y que hace que haya un equilibrio mientras gira sobre sí y avanza. Pues usted igual, tiene un centro vital, un núcleo personal, una casa interior, una conciencia que no se apaga, un “yo superior”, un ser misterioso permanente, una puerta de entrada a lo trascendente, un lugar sagrado donde se es templo de Dios, un ancla que nos mantiene conectados con la Vida Absoluta. A eso lo llamamos el alma. Y este misterio interior define su identidad y le hace ser persona, siendo mucho más profundo esto que cualquiera de los roles que usted desempeñe en la vida. Cuando uno descansa todo su ser en el papel de político, maestra, empresario, doctora, abogado, sucumbe ante las crisis, porque uno es mucho más que cualquier rol que desempeña en la vida.

Debemos mantenernos lo más posible en ese centro, concentrados en nuestra realidad íntima, en lo que constituye nuestro ser primordial. La desgracia nuestra, la de la humanidad es la de olvidarse de que tenemos un yo íntimo, superior, espiritual, trascendente, original, único, lugar de lo sagrado, donde reside nuestra más profunda identidad. Estamos como diluidos, alienados, distraídos, absortos en lo circunstancial, en lo que es la periferia de la vida, como inmersos en un circo mental que nos arrebata la paz, la armonía, y nos quita la auténtica ubicación con la superación personal y universal que aspira a un encuentro cada vez más profundo con El Eterno. Nos olvidamos que somos un “yo soy” que se sustenta en el “Yo soy el que soy”. Primera de dos entregas.