Un arte en desaparición
“Porque si el interior les dio
la vida y mucho más como van a olvidarlo”
Compositor Omar Bultrón (Tierra de Mis Sueños)
El pequeño agricultor de nuestro pueblo interiorano no aprendió su oficio en los salones refrigerados de los grandes institutos educativos, ni tuvo un profesor que lo guiara; probablemente aprendió con el ejemplo, mediante la observación diaria de la propia faena en que también incursionaron sus padres y sus abuelos, a los rigores del sol, a la inclemencia del agua. En esos remotos espacios de la patria interiorana, la agricultura es un arte que da también sustento; un oficio casi sagrado cuyo conocimiento se va pasando de generación en generación, y que hoy peligra por falta de fomento serio. Y, así, las estaciones y la luna y hasta el rezo mismo constituyen a veces elementos importantes en ese esfuerzo enorme que hace nuestro hombre de campo para producir.
Comer el fruto es fácil, pero sembrar aquello que se come es todo un reto. A menudo, cuando endulzamos el café tendemos a olvidar que esa misma azúcar que ha llegado nuestra mesa es un regalo de la tierra, cultivado por un esfuerzo de los hombres y que, antes de ser grano, fue solo caña de un cañaveral. Igual nos pasa con los demás cultivos que vienen de nuestros propios campos nacionales.
Sobre ellos cae, tarde o temprano, el manto del olvido hacia aquellos que producen y la indiferencia de los que los consumen. Vemos en nuestra campiña a un curtido hombre de campo cuyo apego natural a su tierra interiorana lo lleva también por el sendero de una vida recargada en sacrificios; una vida dura, de limitaciones, de escasez y de necesidades.
Cuando se vive o se trabaja tras de un muro de concreto, más acá del puente y más allá del resto de esta nación, se puede caer fácilmente en el olvido y en la falta de aprecio por todo lo que a diario hacen nuestros agricultores. Y ese olvido alcanza no solo a aquellos que producen, sino a las manos que también ayudan en la producción.
Recientemente hemos sido testigos de este fenómeno que llama incluso a la vergüenza y a la reflexión, cuando vimos una institución estatal que acciona legalmente contra productores que no solo trabajan de sol a sol, sino que no tienen siquiera un escritorio donde recibir la citación, porque no conocen el placer de una oficina en refrigerio.
De allí que en vez de atropellar, se debe fomentar más bien, y a toda costa, la conciencia agrícola de la nación, como el remedio más certero para el desarrollo integral de nuestro país, para que el padre mire con orgullo al hijo que quiere trabajar su tierra, para que no se arrepienta nunca nuestro campesino por el valioso tiempo que le dedica al campo, para que la falta de empleo y los vicios varios no minen la fuerza de quienes, en el campo, pierden la esperanza de un mejor mañana.
Para que, en fin, deje la “ciudad de ser la llama tentadora a la que acuden a quemarse las alas de millares de nuestros compatriotas, desdeñando los tesoros que dejan en sus rincones provincianos”, como bien lo dijo el Dr. Augusto Samuel Boyd.
Sepan que ni se les olvida, ni se les desprecia; sepan también que muchos valoramos ese arte de la agricultura que se pierde y que ustedes custodian hoy con mucho esfuerzo y sacrificio.
Abogado