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Un compromiso colectivo con la democracia


A principios del mes, me reuní con mis contrapartes del hemisferio, en Valparaíso, Chile, para celebrar el 10º aniversario de la Carta Democrática Interamericana, un compromiso colectivo con la democracia.

Hace diez años cuando el terrorismo asestó un golpe en los Estados Unidos, los líderes del hemisferio dieron un paso esperanzador e histórico al acordar una Carta que declara: “Los pueblos de América tienen derecho a la democracia y sus gobiernos, la obligación de promoverla y defenderla”.

En las Américas, el progreso democrático ya no es la excepción sino la norma. Las instituciones democráticas fortalecidas han ampliado las oportunidades económicas y el espacio disponible para la expresión y participación cívica, han reducido la pobreza, y mejorado el servicio de las necesidades básicas de los ciudadanos.

Nuestros países saben que la tarea de construir la democracia nunca acaba. Cuando dejamos de dedicarnos a perfeccionarla y protegerla, se erosiona. Incluso, los gobiernos elegidos democráticamente pueden amenazarla, si no respetan sus instituciones, sus normas y sus valores. Las amenazas a los principios democráticos son un desafío para las democracias..

Cuando el presidente elegido por el pueblo de Honduras fue depuesto en un golpe de Estado en el 2009, los países de las Américas rehusamos aceptar el retroceso de la democracia y la OEA se pronunció con una firme y única voz, un resultado que hace una generación habría sido inconcebible. Los eventos en Honduras demostraron la necesidad para una organización regional eficaz. Como dijo la secretaria Clinton en la Asamblea General de la OEA el año pasado, “Creemos que es posible construir una OEA más fuerte, más dinámica, más eficaz, que sirva los intereses de los países miembros y que tenga la capacidad y voluntad de abordar los desafíos regionales y prevenir las crisis antes de que surjan”.

Promovemos la democracia, como dice la Carta, “dentro del respeto del principio de no intervención”. Todos los países —incluyendo el mío— tienen imperfecciones y todos podemos aprender de los otros.

Al reflexionar sobre los trágicos eventos del 11 de septiembre de 2001, reforcemos el valiente paso que nuestro hemisferio emprendió aquel día para fortalecer la democracia, y apoyemos los esfuerzos globales para unir y mejorar la comunidad de democracias. Como acordamos hace una década en Lima y como el presidente Obama reiteró en Santiago: “No existe sustituto para la democracia”.