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Un concepto desafortunado para la política nacional


Juan Jované (opinion@epasa.com) / Economista

Todo el que intente participar en los debates públicos debería, siempre y cuando lo haga con un mínimo de responsabilidad social y sentido de altruismo, guiarse por algunos principios básicos. Entre estos, junto a la búsqueda incesante de la verdad, están el compromiso con una visión progresista de país, la argumentación sobre bases científicas, la tolerancia en relación a ideas ajenas, el apego a la cultura de paz, así como el autorespeto, el cual se refleja en el compromiso de mantener la libertad e incorruptibilidad del pensamiento propio.

Se trata de una forma de participación ciudadana que dista mucho del significado de la palabra gladiador. Esta, para comenzar, es definida por el Diccionario de la Real Academia Española en los siguientes términos: “persona que, en los juegos públicos de la antigua Roma, se enfrentaba con otra o con un animal feroz”. Es claro, entonces, que solicitarle a cualquier persona, sobre todo si se hace a cambio de un favor político o económico, que se autodefina como gladiador resulta en un acto que conlleva una clara lesión a su dignidad humana. Hecho cierto aún en el caso que el daño sea autoinfringido.

Esto resulta más evidente si se toma en cuenta lo que, de acuerdo a diversas fuentes históricas, representaron los gladiadores. Es así, por ejemplo, que en el sitio Cienciapopular.com se establece que el término gladiador proviene de la palabra latina “gladius”, que significa espada. Este “portador de espada”, señala esta publicación, para la época de las primeras repúblicas romanas eran hombres libres que luchaban a sueldo o esclavos y ladrones, que estaban obligados a luchar. Más aún, estos están históricamente asociados con gobernantes opresores, crueles y brutales como Nerón y Calígula, mientras que el espectáculo en que participaron fue repudiado por algunos de los pensadores más celebres de la época. Fue así que Lucio Anneo Séneca describió dicho acto como uno en el que “al hombre, sagrado para el hombre, lo matan por diversión y risas”.

Resulta difícil saber si la utilización del concepto de gladiadores para un grupo destinado a defender las acciones gubernamentales es el resultado de la falta de conocimiento de la historia, es decir de la ignorancia histórica, de una prepotencia bufa llevada al extremo o, desgraciadamente, de algo que podría ser peor. No es aceptable que un grupo oficial u oficioso de acción política tome el nombre de aquellos que antes de un acto de barbarie saludaba al déspota de turno gritando “salve César, los que van a morir te saludan”. Se trata de un grito que recuerda la consigna fascista de la Falange Española (resucitada hoy en el Partido Popular de España): “¡Viva la muerte! … ¡Muera la inteligencia!”.

Lo que sí es claro es que nuestro país es capaz de forjar miles de espartacos que en nombre de la verdad se levantarán, esta vez armados con métodos de la no violencia gandhiana, con el fin defender la dignidad nacional, la justicia social y el derecho a la disidencia.

Economista.

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Martes 18 de agosto de 2026