Un fiel defensor de la verdad
Me imagino que a estas alturas ya son más de uno los artículos que se han escrito en torno a la desaparición física de Winston Robles. Señalar lo valiente que fue o lo superdotado que era es caer en el mismísimo error que él tanto evitó cuando entonces escribía en un máximo de 7 pulgadas sus piezas editoriales llamadas Hoy por Hoy. Para alguien que lo conoció muy bien en el ejercicio de sus facultades, dedicar este espacio a lo trivial sería un ultraje al sentido de vida que tanto nos enseñó.
Por eso hoy encomiendo las siguientes líneas a un tema que para Winston fue motivo de permanente dedicación. Me refiero a su lucha incansable contra la mentira que ha existido desde siempre en las esferas de los gobiernos, esa predisposición vocacional a aceptar la corrupción como moneda corriente y que se ha convertido en una costumbre oficial. Basta con observar la versión parcial e interesada de los hechos históricos en materia política; la descarada distorsión de las estadísticas oficiales; las falsedades en las proyecciones de los resultados y presupuestos anuales; la rotunda afirmación oficial de que las cosas van bien cuando en verdad van muy mal; la negación a aceptar que los viajes al exterior son parte de una agenda social particular; o la ausencia de contrapesos para mantener la independencia de los tres órganos del Estado.
Winston nunca pudo acostumbrarse a aceptar ni aprobar la instauración de los malos hábitos de la mentira. Por eso, utilizaba sus editoriales para recordar a los presidentes, alcaldes, ministros y legisladores que la verdad no es un argumento subjetivo ni requiere condicionamientos. A partir de ahí, el dominio que tenía Winston de la verdad, le permitió presentarla como revelación de lo que era la mentira, desenmascarando lo inevitable de las situaciones y presentándose decididamente, ya no como un mero director de un medio independiente sino como un salvador de la patria.
Una de las más vulgares paradojas de los gobiernos y sobre la cual Winston valientemente abordó es la verdad sobre el despojo de las arcas públicas y el aumento insostenible de la deuda, un argumento que hirió sensiblemente a la sociedad, la educación y la salud panameña. Winston comprendió cabalmente que el embuste implícito a la verdad está originado por quienes son los custodios de aquella supuesta verdad y por quienes forjan la mentira de la que ahora quieren liberarnos. Con su amplia experiencia que sólo los años y las cátedras son capaces de alimentar, él sabía que en la mayoría de las veces ambas fuentes coinciden en el hecho de que quienes dicen revelarnos la verdad son los mismos que están en condiciones, durante años, de desentrañar la mentira.
La partida de Winston me alienta a recordar acerca del proceso de informar noticias. No sólo se conformaba con publicarlas sino que lo más importante era analizarlas y entender su trasfondo. En muchas ocasiones, al abandonar los periodistas y editores la mesa de redacción, me pedía que nos quedáramos para reflexionar sobre la raíz de los hechos y el ángulo de su procedencia. Su frase célebre cuando escuchaba el conteo de las guías de noticias, “sospechosamente interesante”, colocaba de relieve su constante dudas sobre las versiones oficiales, haciéndonos ver que es más fácil denunciar la mentira de ayer que tener la verdad de hoy.
Para Winston, la perenne complicidad gubernamental con la mentira o, si se quiere, en el mantenimiento de una opacidad culpable, es la que crea el clima moralmente inquietante en el país. Esa especie de cultura en la cual no sólo se contempla la corrupción de políticos sino de amplias capas de la ciudadanía, que además son premiados por sus vergonzosos respaldos electorales. Tristeza debió sentir Winston al ver la impunidad rampante, donde nadie devuelve el dinero robado, ni los maleantes confesos, ni aquellos banqueros corruptos que nunca serán declarados delincuentes. Un país donde gobernantes y ciudadanos están culturalmente cortados a la medida para mentir.
Siempre recordaré a Winston como un hombre defensor de la verdad, y que a pesar de sus defectos y limitaciones, tenía también sus virtudes y fortalezas. Muchos saben que me entregué fielmente al viejo y estuve firme a su lado. Al escuchar sobre su fallecimiento, me inundó un profundo sentimiento de tranquilidad y paz porque en el fondo del alma sabía que en vida se lo di todo.
Empresario.
